Ciudad Autónoma de Buenos Aires

La vida en un placard: cómo recorrer tu casa en cinco pasos

Sol Galarza dentro de su departamento. Foto por Laura Santos

Esta es la nueva pesadilla de los millenials porteños: los micro monoambientes

El comedor en la casa de Azul Osman, de 29 años, está a tope. Ya nos hemos sentado las dos personas que caben cómodamente aunque es cierto que si no abrimos mucho los codos entrarían dos más… y hasta ahí. El calor de Buenos Aires se hace presente, Azul me invita una cerveza aunque yo le acepto un vaso con agua mientras nos instalamos a charlar sobre lo que implica vivir en un departamentito.

“Lo elegí por barato y quería que estuviera cerca de donde viven mis hermanas. No tiene todo lo que deseo. Te puedo contar mil detalles: no tiene lavarropas ni lugar para instalarlo y el baño no tiene bidet”. Su deseo de independencia hizo que cambiara la zona de Palermo, donde compartía hogar con sus hermanas, por la de Almagro.

Desde que terminó la carrera de ingeniero civil, Azul consiguió lo que se considera un buen trabajo, es decir, gana al menos los 22 mil pesos al mes que se necesitan para ser considerada clase media y está contratada en relación de dependencia. “A fin de mes llego justa y si mañana me quedo sin trabajo no sé lo que hago, esto no lo puedo mantener, es chiquito pero no puedo”.

Azul Osman dentro de su departamento. Foto por Laura Santos

En las grandes ciudades del mundo se repite lo mismo: la gente es mucha y el espacio limitado. Esta reducción de metros vitales es una necesidad convertida en tendencia que encontró un crecimiento acelerado en Buenos Aires. Un informe de Reporte Inmobiliario —empresa de estadísticas del Real Estate en Sudamérica— consignó que entre 2012 y 2016, cuatro de cada diez departamentos construidos en la capital sean de un ambiente; diez años antes esas unidades no superaban el 30 por ciento.

Los jóvenes que salen a rentar no sólo tienen que afrontar los gastos de la vivienda sino velar, como dice Azul, por la integridad del departamento. “A los dos meses de que me mudé se me pinchó el termotanque. Yo trabajo muy lejos y me voy como a las 7 a.m. en un chárter que me lleva de la empresa. A las 8 a.m. me llama la encargada para decirme que algo en mi casa estaba perdiendo agua y se le estaba inundando todo a la de abajo. Yo estaba en medio de la autopista, no me podía mover, no me podía bajar del colectivo, tuve que llamar a una de mis hermanas. El imprevisto tardó siete días en arreglarse y de los costos se hizo cargo la dueña: Este tipo de gastos corren por cuenta de los propietarios, el problema es que a veces te quieren cagar. Yo tuve suerte, la mía es copada”.

Entre las cosas que Azul extraña de vivir en un espacio más grande es su derecho a la mugre. Cuando tenés por lo menos dos habitaciones, una puede estar hecha un desastre y la otra presentable. Pero cuando sólo tenés una habitación para dormir, trabajar y comer, las reglas del juego cambian: la parte buena es que se limpia fácil. “Mi cama hace de living, de sillón, de todo. Pude haber puesto una cama de dos plazas pero sentí que ocuparía mucho espacio. Esa cama de una plaza y media está bien pero cuando estoy con un chico es medio incómoda”.

El problema de la casa chica de Azul es colectivo, en Buenos Aires existe algo denominado déficit habitacional, la clase media deterioró su acceso a la vivienda por la relación entre los sueldos y los precios, me explicó Eduardo Reese, director del área de Derechos Económicos, Sociales y Culturales del Centro de Estudios Legales y Sociales, CELS. Según Estadísticas y Censos de Buenos Aires, el sueldo promedio en capital es de 16 mil pesos para los hombres y 12 mil pesos para las mujeres, mientras que la renta de un monoambiente en barrios como Almagro y Caballito oscila entre los 7 y 8 mil pesos, casi la mitad de un sueldo promedio.

La situación responde al crecimiento en el número de inquilinos y la baja en el de propietarios: tres de cada diez hogares son rentados. Pero no sólo eso, sino que aumentó la convivencia familiar. Lo que esto quiere decir es que abuelos, padres, tíos se ven en la necesidad de compartir el mismo techo.

El viacrucis de rentar

La vida dentro del departamento de Sol Galarza se distribuye en cuatro muebles: una mesa-comedor con dos sillas, un sofá, su cama y un escritorio. Ella es politóloga, tiene 34 años y se independizó desde hace seis: “Vivir en este departamento no fue una decisión tomada con libertad. Me mudé en marzo de 2015 cuando la economía era un desastre y no había coherencia entre precio y metro cuadrado. Este fue el más barato que conseguí y no estoy a gusto”.

Sol eligió el barrio de Recoleta para vivir. Antes rentaba un dos ambientes, ahora cuenta los meses para poder irse de ahí. Actualmente lo que la separa del departamento contiguo es un placard, por lo que se escucha todo. Su mayor problema es que vivir en un espacio tan pequeño la aísla. No es cómodo tener invitados y si una noche regresa del trabajo y quiere poner música, siempre hay alguien que se queja, a pesar de que su equipo de sonido son dos bocinas de computadora.

Departamento de Sol Galarza. Foto por Laura Santos

Ella es monotributista (trabajadora autónoma), lo cual siempre es un problema para quienes alquilan. En ocasiones, a los inquilinos se les exige un sueldo mínimo y trabajo en relación de dependencia. Azul tuvo que mostrar recibo de sueldo mientras que el contrato de alquiler de Sol está a nombre de su papá.

Entre depósito y meses adelantados, Sol y Azul estiman que actualmente necesitarían entre 20 mil y 30 mil pesos para mudarse a una nueva casa, siempre y cuando no tengan que comprar muebles. Pero la mayor traba a la que se enfrentan los inquilinos es a la garantía, ya que tanto dueños como inmobiliarias piden una propiedad como aval para concretar los contratos.

“Es un problema para todos, jóvenes y no jóvenes, para el que tiene plata y para el que no. Tampoco aceptan cualquier inmueble, si está por bien de familia no lo quieren, si no está en capital, tampoco”, cuenta Azul.

Ser inquilino en Buenos Aires, explicó Eduardo Reese, “es estar propenso a una cantidad de abusos porque no hay una legislación que regule los contratos”. De hecho, rentar es una actividad que no debería tener inconvenientes. Lo que lo hace penoso son las violaciones que sufren algunos inquilinos como garantías abusivas, contratos leoninos, cuotas extraordinarias que no debieran pagar, entre otros hechos. Por eso, el año pasado, desde el CELS, Reese impulsó una ley para regular el inquilinato.”No salió porque básicamente fue bloqueada por la cámara inmobiliaria”, denunció.

Departamento de Sol Galarza. Foto por Laura Santos

Generation rent

La consultora de inversión inglesa BuyAssociation definió a los jóvenes de entre 25 a 34 años como la Generation Rent: personas que abandonan más tarde la casa paterna, alquilan durante más tiempo durante su vida y con frecuencia tienen problemas para ser propietarios.

En Argentina el gobierno de Mauricio Macri lanzó una línea de créditos hipotecarios de pago a largo plazo: las cuotas están tasadas en UVA (Unidad de Valor Adquisitivo), una medida indexada a la inflación. Eduardo Reese considera que están diseñados para el sector de la clase media que tiene trabajo y sueldo formalizado, lo cual acota las posibilidades.

Sol Galarza lo explica así: “a mí no me quieren dar una tarjeta de crédito, menos voy a tener un crédito hipotecario y los jóvenes de los sectores vulnerables, menos que menos”. Sin embargo, Azul sí pudo acceder a uno de esos créditos. De fondo, además del privilegio que significa, también hay disciplina: estuvo ahorrando para tener el adelanto inicial. “Tengo la misma sensación de cuando me vine a vivir sola, que soy una privilegiada pero que al mismo tiempo sé que estoy asumiendo muchos riesgos”, cuenta.

Un sector de la industria no es ajeno a este deseo de “vivienda propia” por parte de los jóvenes. En 2017 llegó a Buenos Aires la franquicia de MICRO departamento, los cuales todavía están en construcción. Se trata de unidades de 18 a 20 metros cuadrados con la premisa de hacer más eficiente la superficie transitable. Estarán dotados de mobiliario transformable: la cama se pliega a la pared, la mesa convierte en escritorio y se optimizan los espacios de guardado. También son más baratos, cuestan alrededor de 50 mil dólares mientras que un dos ambientes rondaría los 120 mil dólares. Este tipo de construcción nació en Japón y ha sido replicada en las grandes capitales, sin embargo, según la propia empresa, Buenos Aires será la ciudad de Latinoamérica con el mayor número de MICRO departamentos.

“Hoy el nicho que más consume este tipo de unidades es el que compra para primera vivienda”, explicó Gabriel Brodsky, director de Predial, la empresa que desarrolla los MICRO departamentos en Buenos Aires.

El rango de edad de sus clientes va desde los 23 a los 55 años, aunque reconoce que están pensados para la gente joven, quienes, en general, para poder comprar necesitan algún tipo de ayuda. “Los padres dan el anticipo y los hijos se hacen cargo de pagar la cuota”.

Ante el achicamiento de las viviendas, el diseño se muestra como una solución. Además de microdepartamentos, se está desarrollando otro edificio con unidades monoambiente y mobiliario flexible que de día puede funcionar como oficinas y de noche como hogar.

Así, la vivienda chica se afianza como tendencia aunque no precisamente como deseo. Gabriel Brodsky cree que a todos nos gustaría vivir en un espacio grande aunque no siempre es posible. Los argentinos aceptan una casa pequeña siempre y cuando un lugar de la casa no se modifique: “la cultura no acepta encontrarse con un baño al que le falten cosas”.

Publicado originalmente en VICE.com

Fuente: https://www.infobae.com/america/vice/2018/03/11/la-vida-en-un-placard-como-recorrer-tu-casa-en-cinco-pasos/

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