Ciudad Autónoma de Buenos Aires

El horror de los 129 conscriptos desaparecidos en la dictadura y la perversión de llamarlos desertores

Conscriptos desaparecidos
Seis de los conscriptos desaparecidos en la dictadura: Alberto Agapito Ledo, Augusto María Conte Mac Donell, Luis Pablo Steimberg, Luis Daniel García, Hugo Alberto Parente y Mario Vicente Molfino.

Luis Pablo Steimberg vivía en Morón y de pibe se le despertó la pasión por el rugby. Ahí está el club Los Matreros, jugadores ásperos, muchos de ellos con inclinaciones nacionalistas. Luis Pablo hizo una buena carrera en su camada, desde las divisiones inferiores llegó –a los 22- a jugar en la división superior del club. Provenía de familia judía y militaba en la Federación Juvenil Comunista. Combinaba esas facetas de su vida y además estudiaba de Derecho. Su condición de universitario le permitió postergar el servicio militar.

Llegó el golpe del 24 de marzo de 1976 cuando, finalmente, se anotó para hacer la colimba. Le tocó el Colegio Militar, que está en Campo de Mayo, y encima logró que por estudiante le firmaran salida diaria, desde las seis de la tarde hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Luis Pablo llegaba para la “Diana”, el clarín, el izamiento de la bandera, y a trabajar en la compañía de Comando a las órdenes del teniente primero Alberto Torres.

Conscriptos desaparecidos
Luis Pablo Steimberg (Hugo Martin/)

El martes 10 de agosto, apenas habían pasado cinco meses que llevaba esa rutina, ya de vuelta de Campo de Mayo, salió de su casa. Iba al bar La Paz del centro porteño a encontrarse con Mario Molfino, otro colimba. Sin embargo, desde horas antes había un grupo de tareas de civil en las inmediaciones y cuando Luis Pablo pisó la calle se le tiraron encima. Su fuerza y su habilidad de rugbier de nada le sirvieron.

Los padres de Luis radicaron la denuncia en la comisaría de Morón y al día siguiente se presentaron en Campo de Mayo para pedir explicaciones. No obtuvieron respuesta. O, quizá, la respuesta fue la patota -ahora uniformada- que ingresó por la fuerza el viernes 13 de agosto buscando al “desertor” Luis Pablo Steimberg.

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Aquel martes 10, el colimba Mario Molfino se quedó extrañado de que su amigo no llegara a La Paz. Pasadas pocas horas, el teniente coronel Rodolfo Ríos se hizo presente en la casa de los Molfino. Lo interrogó y se fue.

Dos días después, un compañero de Luis Pablo, que también reportaba en la compañía de Comando, fue secuestrado en su casa de Caballito. En efecto, Luis Daniel García, que ya llevaba un año de colimba y esperaba su primer hijo, estaba con Laura en su departamento de Caballito cuando le tocaron el timbre.

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Luis Daniel García

-Traemos una nota de la compañía de Comando para usted –gritaron desde el palier. Luis Daniel abrió y se le abalanzó un grupo de hombres, algunos uniformados y otros no. También la agarraron a Laura. La puerta estaba abierta y mientras vendaban y esposaban a Luis Daniel, Laura salió a grito pelado. Salieron los vecinos, entre ellos un coronel en actividad pistola en mano. Laura, mientras se agarraba la panza, vio cómo se llevaban a los golpes a su marido.

El viernes 13 a las 7 de la mañana, los padres de Luis Daniel García se presentaron en Campo de Mayo. Habían pasado menos de 24 horas del secuestro. Un oficial les dijo que “estaban labrando las actas de deserción”.

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Tiempo después, la familia de Luis Daniel supo que los reglamentos militares indican que deben esperarse cinco días para denunciar como desertor a un desertor. No era el caso de Luis Daniel, a quien llevaron de vuelta a Campo de Mayo, al tenebroso centro clandestino conocido como “El Campito”.

Ese verdadero campo de concentración clandestino estaba en el mismo predio de las instalaciones militares. Jorge Rafael Videla y el generalato habían tenido la precaución de armarlo dos meses antes del golpe. Tenían claro que llevarían mucha gente allí. Las denuncias en la Conadep y los cálculos que surgen de los juzgados y los organismos de derechos humanos cifraron en alrededor de 5.000 las personas que pasaron por el Campito. Hiela la sangre la cantidad de sobrevivientes: solo 43

Mario Molfino, otro secuestrado

Pese a que sabía que a Luis Pablo Steimberg lo habían secuestrado, Mario Molfino no dejó de ir a Campo de Mayo para seguir como conscripto. Los meses siguientes fueron para él un calvario. Alguna tranquilidad le daba saber que en febrero del 77 le tocaba la baja. Como también era estudiante universitario, en ese febrero logró una semana de licencia por estudio. El lunes 21 vencía ese permiso así que decidió ir a dormir al Colegio Militar, donde cumplía el servicio, el domingo 20.

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Mario Vicente Molfino (Hugo Martin/)

Mario Molfino quizá no sospechaba que el servicio de Contrainteligencia del Ejército controlaba sus movimientos y que, una vez que tuviera la baja, su destino sería el mismo que el de su amigo Luis Pablo Steimberg.

En efecto, el lunes 21 a la madrugada, un “compañero” de Mario, que dijo ser colimba, pasó por la casa de los Molfino para “avisarle a Mario que se presentara, que vencía su licencia”. Sabiendo lo que había pasado con Steimberg, los Molfino se alertaron. Sin embargo ese lunes a las tres de la tarde, Mario llamó desde Campo de Mayo para decir que en una hora salía para la casa. Nunca llegó. Al día siguiente, los padres de Mario Molfino se presentaron en el Colegio Militar. La explicación fue que lo habían enviado a comprar unas lapiceras y que “nunca volvió”.

El teniente coronel Miguel Van Der Broeck les dijo a los padres que su hijo era un desertor.

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Ausgusto María Conte Mac Donell (Hugo Martin/)

Augusto María Conte, soldado secuestrado

Augusto Conte Mac Donnell había trabado cierta relación de confianza con el general Guillermo Suárez Mason, jefe del Primer Cuerpo de Ejército y uno de los represores más tenebrosos. Ese vínculo, que pensó favorable para “una gauchada”, resultó una trampa mortal.

Conte Mac Donnell, abogado y ex presidente de la Democracia Cristiana, tenía un hijo homónimo que trabajaba en el PAMI. Cuando lo sortearon para la colimba le tocó Marina y su destino era la base de Punta Indio, a unos cien kilómetros de la Capital, donde vivía con sus padres.

Tenía que presentarse el domingo 1° de febrero de 1976 en la base naval pero 48 horas antes, una comisión de militar se presentó en el domicilio de los Conte y se llevó una docena de libros y documentos del padre de Augusto María. Una vez instalado en la base, la Inteligencia Naval interrogó al reciente colimba. El tema central: a los 19 años había sido detenido “por cuestiones políticas” y sobreseído por la Justicia. Conte padre, abogado, había tenido la precaución de poner sobre aviso a Suárez Mason al respecto. Según contó Osvaldo Bayer años después, Conte Mac Donnell recibió de ese general la sugerencia de que su hijo fuera al Regimiento I de Patricios a despejar dudas, a evitar cualquier malentendido.

Augutso Conte Mac Donell
Augusto Conte Mac Donell con el presidente de los Estados Unidos James Carter.

Pocos meses después, ya consumado el golpe de Estado, y con Augusto María cumpliendo sus funciones en Punta Indio como soldado conscripto, las cosas se tornaron irreparables. El miércoles 7 de julio a las siete de la tarde, sus jefes le habían encomendado un trámite en la Capital. Augusto María salió de la base y viajó a cumplir su tarea. Sin embargo, pasaron los días y el colimba no volvió a tomar contacto con sus padres. El martes 13, Conte Mac Donnell se presentó en Punta Indio y fue recibido por los jefes de la base.

La explicación recibida, para un veterano abogado y político, era tan pueril como perversa.

-Su hijo salió en comisión a las tres de la tarde de la base, con el boleto para llegar a Capital a las ocho de la noche. Como la tarea estaba pautada para las siete de la tarde, el soldado debía dormir en su casa y realizar la actividad encomendada al día siguiente y regresar ese mismo día a la unidad.

Como eso no sucedió, el expediente naval de Augusto María Conte tuvo un agregado inmediato: “desertor”.

Augutso Conte Mac Donell
Agobiado por lo sucedido con su hijo, Conte Mac Donell se suicidó.

Augusto y Laura, los padres, comenzaron a mover cielo y tierra. Sus vínculos internacionales se activaron. Augusto Conte Mac Donnell fue a ver personalmente al presidente de Estados Unidos James Carter y a otras figuras prominentes de ese país y de varios países europeos. Tras batallar por la situación de su hijo, de otros cuatro soldados de la Armada también secuestrados en julio de 1976, y de miles de desaparecidos, Emilio Mignone, Conte Mac Donnell y otras personalidades que tenían desaparecidos a sus hijos y fundaron el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS).

Sin embargo, la incertidumbre, el sentimiento de culpa y la exculpación de los genocidas por la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida así como los indultos a condenados –y procesados, cosa anticonstitucional- llevaron a Conte a la decisión más tremenda. El 5 de febrero de 1992 se quitó la vida.

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Hugo Alberto Parente

Hugo Parente

Si a Augusto María Conte lo secuestraron un 7 de julio, a Hugo Parente le tocó que “lo chuparan” el miércoles 8 de julio. También era estudiante de Derecho y por eso, pese a que había nacido en 1949, por la prórroga de estudiante, recién se incorporó al servicio militar en marzo de 1976. Fue destinado al Batallón de Arsenales 121 “Fray Luis Beltrán”, a 20 kilómetros al norte de Rosario. Hugo vivía en Rosario con su esposa Viviana y los dos hijos de ambos, Julieta y Lisandro.

Al igual que a Augusto María, lo mandaron “en comisión” a Rosario el martes 7 y fue la última vez que lo vio su familia. Como el jueves 9 había desfile, quedaron en que ella iría a verlo. Así lo hizo Viviana y quedó sorprendida de no verlo entre quienes participaban de la ceremonia. La búsqueda, como en todos estos casos, incluyó audiencias con los jefes militares. A Hugo Parente no solo lo declararon desertor sino que la familia fue engañada: llegaron a pagar una altísima suma de dinero para recuperarlo, creyeron que lo reencontrarían sano y salvo tras la extorsión pero no fue así.

Conscriptos desaparecidos
Alberto Agapito Ledo (Hugo Martin/)

Alberto Ledo

Unos días antes del secuestro de Augusto María y de Hugo, fue el turno de Alberto Agapito Ledo. Era riojano y estudiaba Historia en la Universidad Nacional de Tucumán. A principios de 1976, con 20 años le tocó hacer la colimba en el Batallón de Ingenieros 141 de su provincia. En junio de ese año fue enviado con un contingente a la localidad tucumana de Monteros. Su jefe, el capitán Esteban Sanguinetti, lo sacó una noche para hacer una recorrida “de reconocimiento” por la zona. Fue el 17 de junio. Y no volvió a la carpa donde dormía. Sus compañeros se alertaron, pero mucho más se asustaron cuando recibieron la orden de sacar la ropa y las pertenencias de Ledo.

Ante la falta de noticias de su hijo, Marcela Brizuela fue hasta la unidad militar donde prestaba servicios. Allí utilizaron la misma fórmula que en los demás casos: también le dijeron que Alberto Agapito Ledo era un desertor.

Conscriptos desaparecidos
José Luis D’Andrea Mohr, el militar que se negó a reprimir a sus compatriotas.

Las denuncias de D’Andrea Mohr

José Luis “el Vasco” D’Andrea Mohr era un capitán con formación de paracaidista y eximio esgrimista. Antes de concretarse el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 fue convocado para integrar un grupo de tareas cuya misión era “detectar, detener, interrogar, y eventualmente eliminar blancos”. En una entrevista con la periodista María Esther Gillio afirmó que no solo se negó “sino que amenacé de muerte a quien me dio la orden. Y esto lo cuento por los que dicen que tuvieron que obedecer. Mentira, a mí no me pasó nada.”

Sus permanentes denuncias sobre las violaciones de los derechos humanos lo llevaron a una situación muy difícil: fue degradado y expulsado formalmente del Ejército en 1987 por un Consejo Militar.

Escribió dos libros, uno de ellos titulado El escuadrón perdido, donde están los datos de los 129 soldados secuestrados y que permanecen desaparecidos.

Padecía una grave enfermedad pero culminó su tarea. Cuenta el general (RE) Hugo Bruera que el sable de D’Andrea Mohr está en la oficina de la titular de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela Barnes de Carlotto.

Bruera era secretario general del Ejército en 2010 cuando se llevó a cabo un homenaje a los soldados desaparecidos en el Edificio Libertador, sede de la jefatura del Ejército y del Ministerio de Defensa. El acto se hizo el 29 de marzo de ese año y estuvieron presentes tanto los familiares de los soldados como los jefes de las tres Fuerzas Armadas y la ministra de Defensa Nilda Garré. La revista Soldados, publicación del Ejército a cargo de la Secretaría General, retrató y contó aquel conmovedor encuentro.

Cinco días antes, cuando se cumplían 34 años del nefasto golpe, fue colocada una placa en homenaje a estos soldados al pie del mástil de la Plaza de Armas del Edificio Libertador.

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D’Andrea Mohr escribió “El escuadrón perdido”, sobre el secuestro y desaparición de 129 soldados conscriptos. (Hugo Martin/)

En la revista puede apreciarse a la ministra con Sara Steimberg, madre de Luis Pablo, ese pibe de Los Matreros que está al principio de esta crónica.

No pudo asistir “el Vasco” D’Andrea Mohr, ese capitán expulsado que había puesto en blanco sobre negro una metodología sistemática para hacer desaparecer soldados y disciplinar a los que quedaban vivos y debían participar, en muchísimos casos, de operativos completamente ilegales. Había muerto el 22 de febrero de 2001, dejando un legado imprescindible.

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Fuente: https://www.infobae.com/sociedad/2021/07/17/el-horror-de-los-129-conscriptos-desaparecidos-en-la-dictadura-y-la-perversion-de-llamarlos-desertores/

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