Ciudad Autónoma de Buenos Aires

La leyenda peronista y el FMI

Si hay algo de asombroso en la política argentina es la descomunal capacidad del peronismo para instalar como verdades evidentes lo que solo es producto de su frondosa imaginación. Indiferente a los hechos históricos, ciega a la cadena de causalidades, ignorante de los datos estadísticos, malintencionada, sesgada, falaz, la Leyenda peronista ha moldeado el imaginario nacional a su imagen y semejanza, dando por sucedidos eventos que nunca ocurrieron, negando la existencia a muchos que sí sucedieron, culpabilizando inocentes y absolviendo culpables según las necesidades políticas y materiales del gran relato nacional y popular.

Gracias a la leyenda peronista, la mayor parte de la sociedad argentina está convencida de que debemos la legislación social al peronismo a pesar de que no existe una sola ley social importante sancionada originalmente por un gobierno democrático peronista; de que Evita era una mujer pobre que, sin embargo, era capaz de regalar muñecas, pelotas y máquinas de coser a todos y cada uno de los hogares humildes del país; de que Perón era un demócrata aunque sobren los documentos gráficos y escritos que lo muestran partícipe de todos y cada uno de los golpes militares desde 1930 hasta su muerte, excepto el que en 1955 dieron contra él.

Asistimos hoy a una remake de la Leyenda peronista que tiene como protagonista a la bestia negra preferida de nuestra sociedad: el FMI. Incansables, los apóstoles propagadores de la Leyenda han difundido en cada medio de comunicación, cada red social, cada bar y cada casa argentina una serie de nociones de mínima consistencia pero difícil desmentida, ya que la Leyenda está protegida por una vasta catarata de insultos -cipayo, gorila, vendepatria- que la defiende de las críticas de sus refutadores. La primera de estas nociones es la existencia de una oposición irreductible, una lucha feroz, entre el peronismo y el FMI, entre la Patria y la Antipatria, entre Braden y Perón. La segunda es que el FMI fue el responsable principal de la Convertibilidad y, por lo tanto, del posterior estallido argentino. La tercera es que nunca-jamás le ha ido bien a ningún país que haya recurrido a la ayuda del FMI.

Desmentir la primera falacia de la remake es fácil. Basta el Boletín Oficial del 26 de junio de 1946, que señala: “El gobierno de la Nación Argentina no puede permanecer indiferente a la reorganización financiera internacional de la comunidad de naciones de que forma parte; ha sido su norma de conducta cooperar con los organismos internacionales que tienden a realizar una acción conjunta de interés general en beneficio de todos los pueblos de las naciones amigas; y no obstante las restricciones a sus derechos que, en materia financiera, estos acuerdos presuponen, estima que su renuncia es un justo tributo a la armonía y sana cooperación entre los pueblos de la comunidad internacional”. En otras palabras, a un solo año de gobierno, el General Perón estaba dispuesto a “cooperar con los organismos internacionales… no obstante las restricciones a sus derechos que, en materia financiera, estos acuerdos presuponen”, y estimaba que “su renuncia es un justo tributo a la armonía y sana cooperación entre los pueblos de la comunidad internacional”.

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El FMI no contestó jamás los amorosos requerimientos del General; acaso, porque a sus principales socios no les simpatizaba el golpe militar que en 1943 había impedido que la Argentina formara parte de la guerra contra el Eje nazifascista; o acaso, porque los cientos de nazis refugiados en el país con complicidad del Gobierno no le agradaban. Es cierto pues que el primer gobierno argentino en adherir al FMI y pedir un crédito fue el de Aramburu, en 1956, apenas un año después de haber derrocado a Perón. Sin embargo, fue el peronismo el partido político (incluido el Partido Militar) que más acuerdos firmó con el Fondo: tres, Isabel Perón (con el récord de dos en el mismo año, 1975); cinco, el de Menem (1989, 1991, 1992, 1996 y 1998), y uno con Duhalde (2003). ¿Conoce alguien algún pronunciamiento oficial del Partido Justicialista al respecto? ¿Escuchó alguien en alguna de estas ocasiones que la Patria estaba en peligro? ¿En qué se basa, por lo tanto, la Leyenda peronista cuando pretende convencernos de la realidad histórica del antagonismo entre sus muchachos y el FMI?

La segunda afirmación de la Leyenda responsabiliza al FMI de la Convertibilidad y de su fracaso explosivo, y es tan falsa como la primera. Como parte de su tradición económica liberal, el FMI ha sido históricamente partidario del tipo de cambio libre y flotante; es decir: a que el valor de uno de los “precios” decisivos de la economía, el del dólar, lo decida el mercado y no el Estado a través de una ley. Que eso, y no otra cosa, es lo que llamamos “Convertibilidad”. Volvemos a verlo hoy, con el pedido de que no se use al dólar como ancla cambiaria para que los fondos aportados no terminen financiando ahorro privado en dólares, importaciones suntuarias y viajes al exterior. Y fue también así en los Noventa, cuando -aunque apoyó en general al gobierno de Menem- el FMI se opuso al uno a uno convertible y no dejó de señalar la necesidad de abandonarla apenas cumplido el objetivo de dejar atrás la hiperinflación.

Si así no se hizo en el momento adecuado, si el uno a uno se prolongó hasta causar una larga recesión y su posterior estallido, el responsable principal no fue el FMI sino tres actores argentinos. Primero, el peronista Menem; que en vez de irse a casa al final de su segundo mandato quiso apostar por una segunda reelección y se negó a sacrificar su mejor caballito de batalla, la Convertibilidad. Fue así que caímos en el atraso cambiario, el déficit fiscal y de cuenta corriente, en una marea de subsidios que intentaba compensar la pérdida de puestos de trabajo y en un endeudamiento insostenible que le explotó en las manos al segundo responsable: el gobierno de la Alianza, llegado al poder prometiendo mantener el uno a uno e incapaz de cambiar de rumbo hasta que fue demasiado tarde.

Lo que nos lleva al tercer responsable: la sociedad argentina que despotrica hoy contra el Fondo y el 2001 pero que apoyaba la Convertibilidad en una proporción abrumadora hasta poco antes del colapso, y no quería saber nada con salir del uno a uno ni -mucho menos- con pagar los costos necesarios para mantenerlo.

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No es todo. La forma en que cayó el gobierno de De la Rúa desmiente terminantemente la Leyenda peronista. Recordemos el marco internacional: la euforia político-económica causada por la caída del Muro de Berlín y la unificación del mercado mundial de capitales se había terminado en 1994, con el efecto Tequila. A la crisis mejicana le siguieron las crisis sucesivas de los mercados emergentes: Brasil, Rusia, los tigres asiáticos, Turquía. En casi todos los casos, con importantes desembolsos de rescate por parte de organismos internacionales como el FMI. Para fines de 2001, golpeado por los atentados del 11 de septiembre y la recesión consiguiente, George W. Bush decidió dar la orden de dejar caer al siguiente emergente pasado de deuda como escarmiento para las futuras generaciones. Argentina, casi la única economía emergente que no había estallado y que, por lo tanto, acumulaba las mayores tensiones, pasaba justo por ahí…

Fue esa la única vez que el FMI acabó con un gobierno; y no fue un gobierno peronista. La más despiadada acción de los organismos internacionales de crédito se ejecutó contra un gobierno radical el 5 de diciembre de 2001, cuando ante el incumplimiento de las metas fiscales del gobierno de la Alianza el FMI decidió no erogar un préstamo acordado por USD 1.260 millones. La Convertibilidad terminó de saltar por los aires gracias a esta decisión, tomada por la cúpula del sistema financiero internacional por consejo de Bush. La Leyenda peronista ha logrado hacer olvidar este sorprendente hecho y que dos años después su impulsor recibió amistosamente a Néstor Kirchner, quien le palmeó la rodilla y le dijo: “No se preocupe, míster; nosotros somos peronistas”. Otro evento antimperialista que pasó al olvido, junto con la visita del ex-presidente y su esposa a Wall Street.

Lo que nos lleva a la tercera falsedad: la de que nunca-jamás le ha ido bien a ningún país que haya recurrido al FMI. El acuerdo que firmó Duhalde en enero de 2003, después de nueve meses de súplicas, fue fundamental para estabilizar la economía y para que Duhalde le entregara a Néstor Kirchner un país que -luego del ajustazo socialmente más destructivo de su Historia- gozaba de superávit gemelos y crecía al 7% anual. Por eso, para cuando Kirchner decidió cancelar sin quita y por anticipado los 9.810 millones de dólares que Argentina le debía al FMI, no solo obtuvo el aplauso de su director de entonces, Rodrigo Rato, sino que logró que las cuentas públicas argentinas pasaran a la clandestinidad. ¿El precio? Los casi mil millones de dólares que nos costó pasar del 3% de intereses que nos cobraba el demoníaco Fondo al 15% que nos cobró el fraternal compañero Chávez. Delicias de las finanzas nac&pop;.

Sin embargo, la Argentina de Kirchner no se desendeudó (lo pagado por Néstor al FMI era menos del 9% del total de la deuda pública) ni abandonó el FMI, gracias a lo cual siguió recibiendo sus contribuciones en forma de Derechos Especiales de Giro. Por ejemplo, en noviembre del año 2009, Cristina recibió el equivalente de USD 4.100 millones que le evitaron cerrar el año con un agujero en las cuentas públicas de USD 13.071 millones, equivalente al 1,2% del PBI. “Al Banco Central le llegan refuerzos”, tituló jubilosamente Página 12, y aquí no ha pasado nada, compañeros.
Cruel desmentida de la realidad, ese dinero era parte de una de las operaciones más exitosas del Fondo: los USD 250.000 millones de dólares liberados sin condicionamientos hacia los países miembro para que pudieran salir de la crisis de 2008 pagando el menor costo recesivo posible; objetivo que se cumplió, como cualquiera que compare esa crisis con la anterior de esa magnitud, la de 1930, puede entender. La Argentina K, incluida, por supuesto; ya que del 6% de disminución del PBI en 2009 el país saltó a un crecimiento de 9% en 2010 y de 8% en 2011. Fue el canto del cisne del modelo económico nac&pop;.

Verás que todo es mentira. Verás que nada es amor. Ni ha habido oposición entre el peronismo y el FMI, ni fue el FMI el responsable del estallido de los noventa, ni es cierto que nunca le haya ido bien a ningún país que haya recurrido a él. Casi nada de lo que sostiene la Leyenda peronista es cierto. En el fondo, con perdón de la palabra, si son tan evidentes las falacias de la Leyenda peronista es porque no pretende engañar a nadie que no esté deseoso de ser engañado. Más bien, forma parte del tipo de mitologías que necesita todo adolescente; es decir, todo sujeto inmaduro que no puede vivir sin un padre y una madre míticos que lo protejan y una fábula que los sostenga. Un cuento para niños. Un relato plagado de distorsiones y falsedades que proveen de sentido y de identidad a costo sideral. Un libreto para condenarnos al fracaso con tal de no enfrentar esa realidad que, según Aristóteles, es la única fuente de verdad.

Fuente: https://www.infobae.com/opinion/2018/06/10/la-leyenda-peronista-y-el-fmi/

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