Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Poesía, naturaleza, marihuana y “el lenguaje como la más sólida de todas las farsas”: una conversación con Martín Armada

(Colin Boyle)
(Colin Boyle)

Hace mucho, cuando eras muy chico, alguien —un docente, un amigo, tu mamá— te enseñó una palabra. La repetiste hasta que se te pegó, hasta que se fusionó con tu voz y tu cuerpo. Luego apareció otra palabra. Y otra. Y otra. Y otra. Nunca te preguntaste por qué, simplemente te encargaste de repetir. Aprendiste a hablar y te quedaste preso del lenguaje —el envoltorio del mundo— sin poder evitarlo. Un día, seguramente a la noche, sólo, en tu cama, mirando el techo, cambiás las piezas de lugar: usás una palabra en otro contexto, jugás con las letras, con las oraciones, subvertís el orden y le encontrás un hueco al lenguaje por el cual pasar. Y pasás. Un portal hacia lo infinito. El arte. La poesía.

Cuando Martín Armada habla, ahora, sentado en el bar El Río, en un rincón del barrio porteño de Almagro, la poesía siempre está presente. Es mucho más que un elemento dentro de su retórica, es un lente por el cual mira el mundo. No lo dice, porque no le interesa la solemnidad del asunto, pero Martín Armada es poeta. Su último libro, editado por Caleta Olivia hace apenas unos meses, se llama La gran meseta. Es difícil definirlo, pero se podría decir esto: un hombre ordinario que se para frente a una naturaleza extraordinaria. Es un libro costumbrista, por un lado, pero también espiritualmente profundo. “Tallá tu nombre / que quede algo tuyo frente a la nada”, se lee. También: “Los hombres libres deben sentir orgullo de lo que necesitan”. También: “Una parte de lo que desperdicié está acá”. También: “Ahora que la lluvia vino en serio / sentate a escuchar cómo el agua / lava lo que destruye“.

Martín Andrada es Licenciado en Letras por la Universidad de Buenos Aires. También profesor de Literatura en un colegio secundario. Ejerce la docencia hace 18 años. Además, hace once años que trabaja en THC, la revista de la cultura canábica. Es el editor general. Ahora, en esta conversación con Infobae Cultura, mira por la ventana que da a la calle Sarmiento, pero también a las calles Río de Janeiro, Aníbal Troilo y Antonio Machado —a veces la Ciudad de Buenos Aires es un laberinto raro—, y reflexiona sobre sus trabajos y cómo todos concluyen en lo mismo. “Nunca puedo dejar de pensar en palabras; es como una maldición”, confiesa, y se ríe.

(Colin Boyle)
(Colin Boyle)

—¿Cómo ingresaste en el mundo de la poesía?

—Cuando el lenguaje se vuelve extraño, ya ingresás en el mundo de la poesía. Cuando el lenguaje pierde su coloquialidad, o cuando en la coloquialidad encontrás algo que te parece una gema. Ahí aparece la poesía, y eso termina de tomar forma cuando te terminás encontrando con un poema. Además, leer poesía implica todo el tiempo renovar un proceso de búsqueda que es muy difícil porque se basa en una pregunta que no tiene respuesta y es ¿quién soy?, ¿por qué estoy acá? Me parece que es una pregunta esencial, pese a que sé que no la voy a responder jamás, y la poesía vuelve todo el tiempo, en mi caso como lector, a ponerme frente a esa pregunta. Y así tensa la más sólida de todas las farsas que vivimos que es el lenguaje. Lo tensa hasta desgarrarlo.

—Atravesaste varios lenguajes: el académico, el periodístico. ¿Qué lugar ocupa el lenguaje poético?

La poesía es un vale todo. En ese sentido, el género más cercano a la poesía es el ensayo, un género donde se permite todo, donde hay licencias. Me parece que la narrativa se vuelve felizmente licenciosa cuando se permite ser más poética. Pero en definitiva, me parece que cualquier cosa que permita que un imaginario se desarrolle o pueda jugar es poético. La libertad del imaginario. Hay imaginarios que son monstruosos y que sin embargo desplegados son bellos. Entonces quizás la poesía es un tipo de lenguaje que permite un despliegue más desembozado de la imaginación. Pero tampoco creo que haya tantos fronteras. Pensemos en el periodismo: la frontera entre el periodismo y la ficción prácticamente no existe, si es que algún día existió. Para mí es cada vez más claro que los géneros definitivamente fueron convenciones. Como la frontera de La Pampa es una línea recta: ‘bueno, acá termina el desierto’. No, ahí no termina el desierto. Podría haber sido de otra manera.

¿Y cómo comienza la aventura literaria de un poeta? Imágenes. Entonces traza un paréntesis en el aire y genera un umbral a la infancia adonde lleva su imaginación. Sus recuerdos empiezan en la historieta, una de Moby Dick, particularmente, regalo de su mamá. “La escena final, Ahab atado a la ballena, hundiéndose con ella en el océano… Me di cuenta que ahí pasaba algo raro, que había cosas que se podían contar y decir más allá de lo que te pasaba todos los días”, comenta.

Y también aparecen los libros de micología, la ciencia que estudia los hongos. Su madre, bióloga de profesión, tenía estas peculiaridades en la biblioteca. Él no podía evitar sumergirse en ellos, con más curiosidad que interés. “Había imágenes monstruosas dentro de esos libros. Libros que no estaban vedados para mí. Estaban ahí y no había ninguna problema. Para mi vieja eran normales esas imágenes de un tipo con la cara deformada o un pie en estado de putrefacción. Pero para mí era como mágico. Algo más allá de lo que yo podía ver cotidianamente. Creo que ese es el primer contacto, en mi caso, con la literatura. La posibilidad de un más allá.”

(Colin Boyle)
(Colin Boyle)

Hace once años, dijimos, que trabaja como editor de THC, una revista que nació siendo de culto y terminó con una aceptación y cierta masividad que no deja de sorprender. Hoy ocupa un lugar clave en ese movimiento que echa racionalidad al debate sobre la despenalización del consumo y la legalización de la marihuana. Sobre todo cuando la ignorancia se aferra a la idea de que “todas las drogas son iguales, todas las drogas matan”. “Hace 11 años que trabajo convencido de que la regulación del cannabis es imprescindible. Por cuestiones políticas, económicas, sanitarias y humanas. La ley que tenemos cumple 30 años, es una herencia de la Doctrina de Seguridad Nacional. Un adefesio jurídico donde se viola el principio de inocencia. Cambiarla es una de las grandes deudas de la democracia. Defenderla es delictivo”, asegura.

Pero en La gran meseta no hay ninguna alusión a la marihuana. ¿Por qué habría de haberla? Martín Andrada no tiene rastas, ni una remera con los colores rastafaris, ni nada que se asemeje a un cliché. Eso ocurre en la fantasía, en el preconcepto, en el estereotipo. En la vida real sucede otra cosa. Por ejemplo ésto: un hombre de 39 años que decide surfear el mundo del lenguaje con el respeto que se le tiene a las grandes olas, pero sin atemorizarse. Y así anda, empapado, esperando que crezca la próxima ola para lanzarse con su tabla a buscarla.

—¿Cómo trabajaste este libro?

—Soy bastante desprolijo para trabajar con la poesía, no tengo un plan; no tengo un libro en la cabeza y me pongo a escribir ese libro. Escribo. Y escribo durante largos períodos, de manera muy irregular: a veces mucho, a veces poco, a veces todos los días, a veces no escribo durante meses. Y en el momento en que siento que hay un libro es cuando siento que una manera de decir las cosas ya se agotó. Como que ya estoy dando vueltas sobre lo mismo, utilizando el mismo recuerdos, y el problema no es la repetición estética sino más bien que ya no me estoy diciendo nada a mí mismo. Para mí lo interesante de la escritura en cualquiera de sus formas no incertas en la lógica productivista tiene que ver con el autoconocimiento, y cuando eso se agota hay que pasar a otra cosa. Cuando ya recorriste esa unidad temática que era para vos y echa por vos mismo, ahí es donde me parece que los libros se cierran. Y después ingresa una etapa de corrección y de edición. Yo tengo el vicio de editar, de pensar el orden de los poemas, pensar cómo demonios ordenás todo eso. Y ahí es donde se termina armando el libro. Bueno, y después con las lecturas que se hacen del libro, no la tuya. Cuando alguien dice: ‘bueno, acá hay un recorrido'”.

Algunas tapas de la revista THC
Algunas tapas de la revista THC

Si bien Martín Andrada es porteño, sus padres nacieron y se criaron en una pequeña localidad de la provincia de Buenos Aires: Alberti. El paisaje rural, el horizonte recto de la pampa, la tranquilidad constitutiva, el vínculo social de los pueblos, todo eso se cuela en La gran meseta, donde la idea de naturaleza se impone: el cielo, la tierra y en el medio la intrascendente pequeñez de los hombres frente al caos del universo. Es algo bello, sí, pero también brutal. ¿Por qué escribir sobre ésto? “Es que la naturaleza es inolvidable, ¿viste? No sé, hasta me emociona pensarlo. Cuando vos te enfrentás a la naturaleza no hay vueltas atrás“, confiesa, entonces en sus ojos aparece un brillo casi imperceptible en este bar iluminado por el sol de la tarde. Sin embargo, ese brillo se ve, está ahí, en sus ojos.

“Cuando vos ves esa perfección interminable que hay en la naturaleza, esa perfección infinita donde todo está incluido, es imposible que no se meta en lo que escribís, porque quizás no hay ninguna experiencia humana que sea más potente que la experiencia de la naturaleza. No es parte de un plan, es parte de algo inevitable. Y por supuesto es parte de un deseo, de una pulsión. Yo vivo en esta ciudad, me considero porteño, pero todo el tiempo quiero escapar. Mi forma de ser porteño es queriendo escapar. No soy porteño reivindicando Buenos Aires, soy porteño diciendo ‘me quiero ir’. Y en algún punto no sé si el goce de vivir en esta ciudad no tiene que ver con mantener viva la posibilidad de escapar, que en definitiva me parece un recurso humano esencial: escapar.”

“En la naturaleza no hay ego, por eso la naturaleza es perfecta. Lo que hace que la ciudad sea irrespirable por momentos es que estamos completamente inmersos en el ego. Si hay un lodo en el que todos estamos chapoteando es el lodo del ego. Y me parece que en la naturaleza eso se disuelve un poco, y que de esa manera las experiencias se vuelven trascendentes. Las experiencias desde el ego y para el ego no son experiencias, son vivencias, son fotos que acumulás ahora en Instagram. Yo tengo Instagram, eh; ni en pedo me considero un turón, vivo acá”, aclara.

(Colin Boyle)
(Colin Boyle)

La voz narradora de La gran meseta es un hombre frente a la inmensidad de la naturaleza. Hay marcas de época —la ciudad, los autos, etc.—, sin embargo esa experiencia parece ser, no sólo universal, también atemporal. Como si se tratase de un mito originario que sirve también para escena final del apocalipsis: “Ustedes mis antiguos, / los que durmieron en las estaciones / abrazados a un hacha: / soy el ciudadano enfurecido que los invoca“.

“Para mí la búsqueda más humana que se me pueda ocurrir —dice ahora Armada— es entender dónde está tu continuidad, cuál es tu arroyo, cuál es tu deriva. Y no pensándolo desde un lugar de deuda, sino desde una pulsión que para vos es inevitable. Yo no puedo imaginar que sea lo mismo el hecho de que mis bisabuelos hayan sido todos albañiles. No puede ser algo que no haya marcado mi existencia, y no digo que no la haya determinado, sino que algo marcó, algo me enseñó, algo está. Y al fin de cuentas, un linaje es, por un lado, la repetición de una misma equivocación, pero por otro lado es reconocerte frente a un devenir vital, ¿viste? La vida es re simple, la vida es re sencilla. Somos muy elementales.”

—Y la poesía va por ese lado…

—Depende qué poesía. A mí me gusta esa poesía. Yo intento estar a la altura de la sencillez, de la simpleza. No es fácil, porque el lenguaje es muy seductor. El lenguaje es como si fuese una gran ferretería en la cual tenés mil millones de chirimbolos, mil millones de cositas, y es difícil elegir, es difícil despojarte de todo eso si lo tenés al alcance de la mano. A veces me parece que quienes trabajamos con el lenguaje corremos el riesgo de establecer la misma relación que establecemos con cualquier otro consumo, que es tener una relación compulsiva. Yo nunca puedo dejar de pensar en palabras; es como una maldición. Entonces, en algún punto creo que la poesía es una oportunidad de despojarme, de ser muy preciso en qué palabras voy a utilizar, en que cada palabra sea como un objeto precioso y no algo que voy a comprar a la ferretería. Algo más vinculado a la artesanía, a la colección.

—¿En el periodismo sos igual?

—No me considero periodista, me considero editor. No porque considere que una cosa sea más importante que la otra. Sencillamente es porque no tengo un montón de aptitudes que tienen quienes hacen periodismo. Podría decir que mi oficio siempre fue editar. Empecé trabajando como editor de trabajos académicos y ahora hace 11 años que edito en THC. Es un medio que me permite tener una relación con el lenguaje bastante preciosista. No en términos esteticistas, sino en cuidar las palabras como si fuesen objetos preciosos. Sin entrar en nostalgias, me parece que la prensa gráfica sigue estando, en algunos casos, cercano a la artesanía periodística. Ahí creo que hay una continuidad o un vicio que se repite en mí.

—Sin embargo THC se terminó convirtiendo en una revista mainstream. ¿Cómo viviste ese camino a cierta masividad?

—Y… tenés que tener cuidado con tu alma. No te tenés que olvidar de qué es lo que querés, y ahí quizás tenés posibilidad de saber quién sos y no perderte en esas categorías. En definitiva el alma se te puede pudrir trabajando en un medio de culto o mainstream. El punto es que estés donde estés lo importante es tratar de ser quién sos.

(Colin Boyle)
(Colin Boyle)

“Un vendedor de cosas inútiles”. Así se define. Además de poeta y editor, es docente. Le enseña literatura a chicos de 15, 16 años. Siempre, a su alrededor, las palabras. “Vivo esclavizado por el lenguaje, soy un mulo del lenguaje”, agrega entre risas.

—La inutilidad de la literatura.

—Justamente lo interesante de la literatura, lo poderoso, es su inutilidad en términos de productividad capitalista. La literatura es un porque sí total. La literatura es escandalosamente gratuita. Después, por supuesto, están las roscas que existen en todo universo: hay subsidios, peleas, etcétera. Pero en sí como experiencia humana el arte en general es un exceso, es un ejercicio de gratuidad que es para mí inseparable del amor, de la lujuria. De hecho me parece que ningún vínculo humano puede funcionar sin gratuidad y sin exceso. Y me parece que arte, palabra muy compleja, te da la posibilidad de contactarte con eso, sobre todo cuando sos muy pibe y dejaste de ser niño. Porque cuando sos niño todo es gratuito, todo es excesivo, todo es lujurioso, todo es porque sí. Pero cuando sos adolescente y te enfrentás a la institucionalidad del mundo en el que vivís es necesario entender que la vida adulta habilita y permite el exceso, la gratuidad, el ocio, la inutilidad. Me parecen valores humanos esenciales. Vivir en la lógica de la efectividad es lo más deshumanizante que puede haber. En definitiva la literatura te saca de ahí, y la poesía todavía más. La narrativa a veces le hace pensar al que leyó ‘por lo menos leí una historia’. En cambio en la poesía decís ‘¿para qué leí ésto? No hay ningún personaje, no hay una trama’. la poesía es un poco más excesiva en ese sentido.

—¿Con qué te encontrás en el aula cuando hablan de literatura?

—Me encuentro primero con unos niveles de sensibilidad e inteligencia extraordinarios…

—Sos optimista entonces…

—Completamente. Para mí no hay nada mejor que los chicos. Nada mejor. El problema es cuando los adultos no vemos en quienes son más jóvenes que nosotros a personas, y no los respetamos como tal y no estamos a la altura de las circunstancias. Un niño o un adolescente es una persona que merece el mismo respeto que un par. Si bien no es un par en un montón de aspectos, y ahí tenés la obligación de ser cuidadoso, siendo ese cuidado parte del respeto que le tenés al otro, en esencia lo que está bueno es establecer un vínculo respetuoso. No me refiero al protocolo del respeto, no estoy hablando de formalidades, estoy hablando de poder empatizar con el otro. Vos respetás al otro cuando lo reconocés, y lo reconocés cuando podés sentir o tratar de imaginar lo que el otro está sintiendo. Y a partir de ahí podés construir cualquier cosa. Es lo que más me preocupa como docente y como compañero de trabajo. Eso me hace sentir vivo, me hace sentir una persona. De lo contrario soy un docente, un editor… un embole.

(Colin Boyle)
(Colin Boyle)

—¿Y en estos tiempos creés que se dificulta esa empatía, ese respeto?

—Es complejo. La gran pelea en una sociedad industrializada es reencontrarte con tu identidad. Es la lucha permanente por saber quién soy, qué necesito, qué me hace falta, cuáles son mis derechos. Y es difícil que esas búsquedas identitarias no sean opositivas, es decir, que se planeteen en principio por la negativa y luego por la afirmativa. Y es entendible porque en general somos todos personas oprimidas. En la búsqueda de lo que podemos llamar la la libertad lo primero que hacemos es tirar codazos. Es difícil la construcción de puentes entre las diferentes identidades. El gran desafío hoy es ese: tratar de aceptar que quizás nunca nos vamos a poner de acuerdo. Para mí gran parte de la empatía tiene que ver con eso, no con ponernos todos de acuerdo. Ni en pedo. Eso es el fascismo. Estamos todos en anatomía, construyamos columnas romana y pongamos arriba un águila. Eso es fascismo. No, somos diferentes. Aceptemos eso. Si yo te quiero convencer de ser algo que no sos, y viceversa, por más bien intencionado en términos ideológicos que parezca mi discurso, en última instancia es un discurso fascista.

—Y la naturaleza, justamente, es todo lo contrario a esa armonía.

—Tal cual. Es una armonía de colisiones permanentes. Es una armonía donde la violencia es parte de la belleza. Es una armonía donde no hay contrarios. En la naturaleza no hay juicio, no hay derecho. Hay vida. Eso es lo más potente de la naturaleza, que te muestra que la vida es algo esencialmente brutal. Y brutal no entendido en términos de malvado, violento y agradecido, sino indomable, incalificable. En tanto y en cuanto uno pueda aceptar eso indomable e inclasificable, incluso para uno mismo, ahí hay una gran gema humana, en esa incomprensión o en esa aceptación de lo imposible de uno. Me parece que esa es la piedra basal de todas las experiencias humanas que yo considero sustanciosas.

 

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Fuente: https://www.infobae.com/cultura/2019/03/12/poesia-naturaleza-marihuana-y-el-lenguaje-como-la-mas-solida-de-todas-las-farsas-una-conversacion-con-martin-armada/

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