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Vecino de Caballito premiado por el MIT y China

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Cuando era un chico de sexto grado y ni siquiera soñaba con ser lo que es hoy, un emprendedor a escala global gracias a una app que creó siendo teenager, Mateo Salvatto esperaba que se hiciera la hora, se calzaba la mochila y salía corriendo del colegio para encerrarse a jugar al Counter Strike, al FIFA o a cualquiera de los cuatrocientos cincuenta juegos que todavía guarda en su habitación de pibe de 20 años.

Se pasaba la noche a puro disparo y zombis, naves espaciales y pociones mágicas. “Jugué todo lo que te imagines”, dice con un tono de voz que suena tan seguro como modesto. Hijo de una maestra para chicos con problemas auditivos y de un contador, era capaz de enfrentar el verano porteño jugando solo, en red o en la casa de alguno de sus amigos: una LAN party de fin de semana completo donde cada uno llevaba su computadora, o madrugadas solitarias en el barrio de Caballito.

“Cuando papá salía a trabajar, yo recién me acostaba”, recuerda. En algún momento, por fin, se entregaba al sueño. El que hace descansar al cuerpo pero también el que responde las preguntas sobre el futuro.

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“Podría haber sido nerd, pero nunca fui el mejor”, dice hoy, sentado a una mesa futurista y probablemente reciclable del imponente A3, el edificio que alberga a buena parte de la comunidad tecnológica, donde Mateo se mueve con la soltura (y la satisfacción) de quien se sabe exitoso. Pero vamos por partes, porque este chico va demasiado rápido.

Mateo quería conocer la NASA, construir un cohete y fundar su propia empresa de tecnología espacial: Asteroid Technologies. Hasta había dibujado el logo: una gran “A” naranja atravesada por un asteroide.

Nació en 1999. Su papá le enseñó a tocar la guitarra y también un poco el piano. Hizo la primaria en un colegio privado. Su nota promedio era ocho, suficiente para que sus amigos se copiaran de él. A los once años tuvo su primera novia. Ella era un año menor, pero fue la que lo encaró. El romance no duró mucho tiempo, aunque la amistad se mantuvo hasta hoy. Igual que el fanatismo por los videojuegos.

Dice Mateo, “la gente cree que son malos y que sólo se trata de disparar, pero muchos enseñan sin que te des cuenta. En el Assassin’s Creed, por ejemplo, podés aprender la historia de Leonardo Da Vinci; hay uno en Egipto, en Roma, en Florencia, la Revolución Industrial en Londres… Además aprendés inglés. Yo de chiquito jugaba todo en inglés. También estimulan los reflejos y te obligan a pensar estrategias. Es planificación y aprendizaje. Pero lo más importante es que se forjan amistades. Hace poco me hice amigo de un pibe más grande que yo y después de un año nos dimos cuenta de que los dos habíamos jugado al Counter Strike en 2011 en el mismo servidor. Nos conocíamos sin saberlo. Habíamos compartido algo. ¡Y no hay nada más lindo que juntarse a pasar un fin de semana a jugar con amigos!”

La gente cree que los videojuegos son malos, pero te estimulan los reflejos y te obligan a pensar en estrategias. Es planificación y aprendizaje. Sobre el exceso de uso de las consoladas Mateo también la tiene clara, “todo lo que se hace en exceso es malo, y eso incluye a los videojuegos. Pero no son malos en sí mismos. Es patético lo que dicen en los Estados Unidos, que los chicos salen a matar gente a balazos por los videojuegos. Una cadena de allá dejó de hacer anuncios de juegos violentos, pero siguió vendiendo armas libremente. Los videojuegos hacen mal si estás encerrado dieciocho horas. Yo lo hice. Llegué a ese punto. Me pasé veranos enteros jugando. Dormía todo el día, me levantaba a las seis de la tarde y jugaba toda la noche. Pasaba horas así. Después ya no tuve tiempo.”

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El gran campeón
Un día, un compañero le preguntó a Mateo si lo quería acompañar a conocer una escuela para hacer el secundario. Era la ORT, del barrio de Almagro. La visita duraba tres horas e incluía una actividad final: construir un cohete con una botella de agua. Los ojos se le abrieron enormes. Pero había algunos obstáculos: el secundario de la ORT empezaba en el séptimo grado de su colegio de primaria y Mateo tenía que dejar atrás a sus amigos. También había que convencer a sus padres. Los volvió locos hasta que lo consiguió. Sus amigos tardaron un tiempo en reponerse del enojo, pero después de un tiempo se les pasó.

El viaje de egresados no pudo ser: se cambió por un viaje de ingresados en el primer año de su nueva escuela. “Yo quería estudiar ahí. Soy así”, aclara como si hiciera falta. El mismo docente con el que había hecho un cohete en la visita guiada lo esperaba como profesor de Física. Con él construyeron otro. Tardaron un año. “Volaba dos kilómetros en vertical, llegaba a su apogeo y se dividía en dos. Una parte se desperdiciaba, la otra abría un paracaídas y desplegaba una antena que recibía datos de temperatura, presión y velocidad.”

Si había llegado hasta ahí, el próximo paso sería construir un cohete que llegara al espacio. El entusiasmo iba en aumento. También el precio de los insumos. Tenemos que trabajar de verdad para ser un país más tecnológico. Sólo necesitamos dejar de discutir por cuestiones menores.

Mateo no tardó en descubrir que la cosa no iba a ser tan fácil. Quizás había algo más al alcance de la mano. Así llegó el próximo paso: “Me anoté en el club de robótica de la escuela. Yo era el más chico. Nos quedábamos los viernes hasta tarde armando robots. Eramos los nerds de los nerds”.

Con un compañero construyeron a Yoda, un robot que resultó campeón de sumo de la Liga Nacional de Robótica. Sin control remoto, en forma completamente automática, los robots se buscan, deciden y atacan a su rival. El premio fue un trofeo y un kit de electrónica para la escuela.

A Yoda lo desarmaron para construir otro robot. “En esa época viajaba mucho para participar de las competencias. Micro o avión, adonde fuera: Mendoza, Bahía Blanca, Córdoba, Ayacucho… Nos íbamos un jueves y volvíamos el domingo. El lunes había que ir al colegio.”

En 2016 ganó el Mundial de Robótica en Israel. Esta vez era una carrera de autos. Pasó cuatro meses en la escuela encerrado con otro amigo para fabricar un auto que fuera capaz de avanzar, frenar, girar, reconocer obstáculos, todo sin intervención humana. “La comitiva rusa era de treinta y cuatro chicos, los ucranianos eran veintiocho; los yanquis, diez y los mexicanos, seis. Nosotros éramos dos, más el profesor.”

El premio fue una estatuilla e insumos para la escuela. Pero el premio verdadero fue otro mucho más poderoso: “Cuando ganamos ese torneo, pensé que si habíamos podido hacer eso, podíamos hacer mucho más”.

La pregunta cae como la lluvia sobre la ventana de este edificio high tech en el barrio de Palermo: ¿Cómo te llevás con los otros chicos que hacen lo mismo que vos?

No me gusta el ego del emprendedor. Hay gente que busca peleas internas, pero a mí esas cosas no me interesan. Peleás por si salís o no en una entrevista, si decís una cosa u otra… Pero en general nos conocemos y nos llevamos bien. Si vos hacés algo para mejorar el mundo, me caés bien.

¿Creés que tu generación está llamada a salvar el mundo?
Vivimos un punto de inflexión que no había sucedido antes: crecemos tan rápido que ni nosotros mismos lo controlamos. Mi abuela nació en un mundo sin autos y hoy los autos se manejan solos. Hubo muchos cambios en muy poco tiempo. Privacidad y análisis de datos, inteligencia artificial, manipulación genética, cambio climático… Hay mucho por hacer. No creo que salvemos el mundo o que debamos hacerlo, pero tenemos más responsabilidad sobre temas que antes no existían. Nuestras generaciones tienen que tomar decisiones drásticas que van a habilitar a un buen o un mal futuro de la humanidad. No somos los salvadores del planeta, pero tenemos una responsabilidad enorme.

¿Es posible un futuro donde la tecnología nos lleve al desastre?
Todo lo que uno ve en series como Black Mirror está exagerado, pero es posible. Sin embargo, creo que no lo vamos a permitir como humanidad. Tenemos que empezar a legislar ya para ese futuro. Si tu auto autónomo choca al mío, ¿de quién es la culpa? ¿Tuya? ¿De la empresa? ¿Quién decide eso? ¿Un juez o una inteligencia artificial? ¿O un algoritmo? Son cosas que tenemos que empezar a pensar hoy, porque en cincuenta años va a ser tarde.

Cumplir un sueño
Además de robots y videojuegos, Mateo tenía otros gustos. Uno era (y todavía es) tocar El país de la libertad, de León Gieco, en la guitarra. El otro, animarse con la programación de software. El 1° de enero de 2017, Mateo subió a Google Play la primera versión de Háblalo, una aplicación gratuita que había desarrollado para sus amigos hipoacúsicos, alumnos de su madre en una escuela de Lanús.

“Ya me estaba desviando hacia las Humanidades –dice, y hace comillas en el aire–. La había subido para que la usaran. Tenía menos de cien descargas, un logo que había hecho en Paint, todo muy básico. Yo no sabía programar aplicaciones: aprendí con videos de YouTube.”

Por supuesto, sus intereses y su formación en programación de hardware fueron de mucha ayuda para entender el mundo del software. Háblalo permite que las personas con problemas de audición o del habla puedan comunicarse libremente a través de su teléfono celular, de forma sencilla y sin necesidad de conexión a Internet. Una idea simple para una necesidad urgente.

“Con otro amigo participamos de un concurso y perdimos. Para entonces teníamos mil descargas. Era poco, pero saber que mil personas con discapacidad la estaban usando empezaba a sonar muy impactante.”

Hasta que un día apareció un periodista que había cubierto el concurso: “Me pidió que le contara cómo era la aplicación. Hicimos la nota. Fue mi primera entrevista. Eso fue en agosto de 2017. Pasamos a cinco mil descargas. En ese momento decidí estudiar analista de sistemas en ORT”.

Entre aquella primera entrevista y ésta para la cual Mateo se saca fotos en un fondo de plantas y cielo nublado (con una seriedad impostada que no le hace honor a su calidez), pasaron un par de años; sin embargo, el ascenso de su creación fue tan meteórico como el de los cohetes que anhelaba en sus sueños.

Se sumó un socio, luego otro. Hoy la aplicación tiene sesenta y ocho mil usuarios a lo largo del mundo. Personas de India, Corea, Bangladesh, Japón, Israel, Nueva Zelanda, Australia, Estados Unidos y otros cincuenta países la usan diariamente para comunicarse.

El éxito trajo aparejada una lluvia de entrevistas, charlas (su participación en la TEDx Río de la Plata en Tecnópolis fue presenciada por doce mil personas) y conferencias en distintos rincones del planeta.

“Una vez estaba parado en una charla en Indonesia frente a setecientas personas y pensaba: ‘¿Qué estoy haciendo acá?’.”

Su álbum personal de fotos impresiona: se lo ve en un afiche gigante en el aeropuerto de Berlín, en el Museo de Ciencia y Tecnología de Chicago, con la bandera argentina en Israel…

Después de recorrer tantos países, ¿cuál es el lugar en el cual pensás que está la Argentina en materia de desarrollo tecnológico?

Según la Universidad de Harvard, la Argentina es el país con la mayor capacidad tecnológica del mundo. Lo que nos falta es darnos cuenta de nuestro potencial. Estamos tan enroscados con pelearnos unos con otros que no entendemos que tenemos que enfocarnos hacia otro lado. La segunda exportación argentina es el software. Tenemos cinco empresas unicornio (N. de R.: empresas que se cotizan a más de mil millones de dólares). Es un promedio enorme a nivel per cápita. Pensar que la Argentina es el granero del mundo es una discusión que quedó en el siglo pasado. Tenemos que trabajar de verdad en orientarnos a ser un país tecnológico. Sólo necesitamos dejar de discutir por cuestiones que no nos llevan a ninguna parte.Los genios teen que se abren paso en el mundo tecno.

Con su creación, Mateo ganó el premio al mejor proyecto social del mundo de la universidad de Pekín, China, y el premio al emprendedor del año del Massachusetts Institute of Technology (MIT), entre muchos otros. Y siguió creciendo junto con ella. Háblalo nació como una aplicación para sordos, pero hoy en día la usan personas con afasia, traqueotomía, parálisis cerebral, trastornos del espectro autista, esclerosis lateral amiotrófica, gente que perdió la voz o la audición… Es una aplicación para personas con dificultades para comunicarse.

Mateo sonríe orgulloso. Como para no estarlo. El año pasado fundó su propia empresa dedicada al desarrollo de tecnología en la mejora de calidad de vida en personas que padecen algún tipo de discapacidad o vulnerabilidad. Le puso el nombre, y usa el mismo logotipo que había creado cuando era chico. Hace poco lo llamaron para dar una conferencia en Miami. Después de tantas vueltas, por fin pudo conocer la NASA. Pero la verdad es que no le pareció gran cosa. 

Fuente:
Clarin.com
https://www.clarin.com/viva/talento-sub-21-pibe-caballito-premiado-harvard-china_0_i6YtUa3N.html

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