Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Crónica del vuelo 511: doce horas y media junto a Osvaldo Bayer

Osvaldo Bayer, Analía Argento, el periodista español Antoni Traveria, Juan Gelman y Rodolfo Mederos
Osvaldo Bayer, Analía Argento, el periodista español Antoni Traveria, Juan Gelman y Rodolfo Mederos

Nos conocimos haciendo un trámite en Cancillería 48 horas antes de embarcar en el vuelo 511 de Lufthansa que nos llevó desde Buenos Aires hasta Alemania. Ese 2010 Argentina fue el país invitado de honor de la Feria del Libro de Frankfurt, la más grande del mundo, en el marco del Bicentenario.

Sentada en el asiento 54 E lo vi apoyar su maleta de mano en el asiento de al lado. Osvaldo Bayer me miró con sus ojos claros y me preguntó: “¿Nos conocimos el otro día, no?”. “Sí”, le respondí al autor de La Patagonia Rebelde en cuya versión cinematográfica Néstor Kirchner tuvo una pequeña participación en sus años de juventud. Vivió en el exilio en Berlín y en ese entonces permanecía 8 meses en Buenos Aires y los otros 4 en Alemania. Todavía vivía su mujer aunque por razones de salud ya no lo acompañaba en sus estadías en Argentina.

Durante doce horas y media cincuenta escritores, intelectuales y periodistas argentinos volamos juntos para participar de la Feria del Libro de Frankfurt y representar a nuestro país. Podría haber habido una competencia de egos pero en ese vuelo no la hubo. Escritores consagrados extendieron su mano a los más noveles y se presentaron como si fueran ignotos. Ricardo Forster, por ejemplo, Jorge Accame, cuya obra de teatro Venecia recorrió varios países del mundo y por eso está hoy traducida al inglés, francés, italiano e incluso esloveno. La misma sencillez que tuvo en ese vuelo Eduardo Sacheri, autor de la novela en la que se basó la película ganadora del Oscar El secreto de sus ojos.

Cada tanto en el avión se veía caminar a Francisco Solano López, que con sus 83 años seguía dibujando como cuando dio vida a El Eternauta, la historieta del desaparecido Héctor Oesterheld. En el asiento 39 H, dormitaba con sus 85 Elsa Oesterheld, la mujer del historietista, quien se convirtió en defensora de los derechos humanos luego de la desaparición de su marido y de cuatro de sus hijas. A mi derecha precisamente iba uno de sus dos nietos, Fernando Araldi Oesterheld, quien luego del secuestro y desaparición de su mamá Diana fue dejado en un orfanato de San Miguel de Tucumán y un mes después fue recuperado por sus abuelos paternos. Participaron de un homenaje: “Argentina: sus comics políticos y de crítica social en el ejemplo de Héctor Oesterheld”.

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En ese viaje conocí con más profundidad a muchos otros autores. A Vicente Battista, que en Ezeiza estuvo a punto de regresar a su casa porque no encontraba su pasaporte; a Federico Jeanmaire; a Luisa Valenzuela; a Mempo Giardinelli; a Ana María Shúa y a Juan Sasturain, entre tantos.

De todos, Osvaldo Bayer fue quien más me marcó. Sentado a mi izquierda compartimos un snack y conseguí que Oesterheld, que no comía el suyo, nos lo regalara. Cuando pasó la azafata, Bayer pidió un Campari. Y me animó. A mis 40 años nunca lo había probado. Me insistió. Y yo, que sentía que era uno de los mejores momentos profesionales de mi vida, lo probé. “¿Te gustó?”, me preguntó. Le mentí, lo sentí excesivamente amargo pero me callé. Confieso que tardé un par de años en volverlo a probar, saborearlo mejor y que me empezara a gustar.

Bayer se interesó por mi trabajo y cuando llegamos a destino, ya en el Hotel Intercontinental, lo busqué para darle una edición de De vuelta a casa, el libro publicado por Marea en Argentina y por Ch. Links en Berlín en el que narro la historia de once nietos de las Abuelas de Plaza de Mayo que fue traducido al alemán por estudiantes universitarios alemanes.

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En ese viaje le tomé enorme cariño a Bayer. Compartimos la ceremonia inaugural y la Alter Oper con él y con Juan Gelman, el gran poeta.

A Bayer lo acompañé en cada charla que dio. Y escuché con respeto y admiración. Me dijo que también él me acompañaría a la presentación de mi libro que en alemán se publicó bajo el título Paula du bist Laura (Paula tú eres Laura). Sin embargo, había diversas actividades y no le recordé cuándo sería. Pensé por un momento que él era un intelectual reconocido en el mundo y  yo, aún una aprendiz. Pensé que sería una molestia pedirle que fuera conmigo…

Cinco días después, en el vuelo de regreso, nos volvieron a tocar asientos contiguos. Mi apellido empieza con A y el suyo con B. Casi no me dirigió la palabra durante el viaje. Iba leyendo el libro que le obsequié. De pronto interrumpió la lectura, me miró a los ojos y me dijo: “Gracias, gracias por escribir este libro”. Lo recuerdo y se me eriza la piel. Lloro por mí. Lloro por él. “Es como si alguien hubiera entrevistado en Alemania a las víctimas de los campos de concentración apenas fueron liberados”, agregó con sus ojos claros fijos en los míos. Inmediatamente oí un reproche: “¿Por qué no me insististe? Debería haberte acompañado a la presentación de este libro”.

Bayer fue generoso con los periodistas y escritores. Muchos conocimos “El tugurio”, el patio cerrado en su PH del barrio de Belgrano repleto de potus colgantes y cientos, miles de recortes, apuntes y libros.

Volví a verlo varias veces. La última en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en la presentación de La Chispa, un libro en el que el historiador Bruno Napoli recopiló las publicaciones del periódico fundado por Bayer en Esquel, artículos que en muchos casos mantienen actualidad y vigencia.

Esa tardecita de viernes fui a la Facultad en Caballito pensando que el periodista y escritor estaba descontando hilo del carretel, como suele decir mi viejo. A pesar de no estar bien, Bayer fue también ese día cariñoso conmigo y con todos los que se acercaron a pedirle una foto, a hacerle un comentario o simplemente a darle un beso. Así era él.

Qué pena no tener Campari hoy en casa. Brindaría por él. Por su defensa de la libertad, del periodismo, por sus peleas con el poder sin medir consecuencias, por su exilio, por su coraje, por pararse del lado de los más débiles… Y brindaría por su palabra, porque tal vez no lo haya sabido, pero le hizo un gran favor a mi autoestima y me animó a seguir escribiendo.

Seguí leyendo:

Murió Osvaldo Bayer, periodista, escritor, historiador y uno de los más respetados intelectuales argentinos

Fuente: https://www.infobae.com/opinion/2018/12/24/cronica-del-vuelo-511-doce-horas-y-media-junto-a-osvaldo-bayer/

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