Ciudad Autónoma de Buenos Aires

Hace 85 años la escultora Lola Mora se anticipó a Vaca Muerta

(Wikipedia)
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Esa noche de 1935 llovía torrencialmente. Empapada, una anciana pasaba un trapito sobra las esculturas de mármol de La Fuente de las Nereidas, en la Costanera Sur. No había nadie. De repente, las luces de un auto que dio la vuelta a la rotonda iluminaron la escena. En el vehículo iba José Armagno Cosentino, periodista del diario Noticias Gráficas, con unos amigos, dispuestos a tomar algo en la cercana Cervecería Munich.

Sorprendidos, detuvieron su marcha. Bajaron y se acercaron a la mujer, que les dijo: “Vengo a secar a mis hijitas”. Del cuello le colgaba una tarjeta en la que se leía: “Lola Mora. Avenida Santa Fe 3036”. Les costó trabajo convencerla, pero pudieron llevarla a su casa, de donde se había escapado. Fue la última vez que la gran escultora argentina, creadora de esa fuente monumental, salió a la calle.

Murió pocos meses después, a los 69 años, el 6 de junio de 1936. Su vida había sido un torbellino. Disfrutó de la gloria y la fortuna. Pero también fue descalificada y perseguida. Sufrió un tremendo desengaño amoroso. Soportó injurias y afrentas. Se enfrentó a los convencionalismos de las primeras décadas de siglo XX que no le perdonaban ser mujer, independiente, artista y provinciana.

Además, entre 1924 y 1934 buscó petróleo en el norte argentino, a partir de las formaciones rocosas. Es decir, de los esquistos bituminosos. Lo que hoy se conoce en el mundo como “shale”. Lola Mora, la escultora, se anticipó 85 años a Vaca Muerta.

En 1999 el gobierno de Carlos Menem privatizó YPF, que fue adquirida por la empresa española Repsol. El 7 de noviembre de 2011 Repsol anunció las posibilidades de explotación del yacimiento de Vaca Muerta. En mayo de 2012, durante el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, se nacionalizó YPF. El 19 de diciembre de 2012 se firmó un contrato entre YPF y la compañía petrolera estadounidense Chevron para explotar Vaca Muerta. Las llamadas “cláusulas secretas” o “confidenciales” de ese convenio encresparon el ambiente político argentino. Ahora, el gobierno de Mauricio Macri sostiene: “Vaca Muerta es una revolución energética para la Argentina”. En unos pocos años se sucedieron los bandazos ideológicos y los cruces de opiniones entre quienes, alternativamente, pasaron de exégetas apasionados a críticos furibundos. Y viceversa. Nada que no conozcamos, desde siempre.

Pero al margen del patético folclore político nacional, recordemos la magnitud de Vaca Muerta. Se considera que es el yacimiento no convencional de gas y petróleo más grande del planeta. ¿Y por qué “no convencional”? Porque no se perfora verticalmente hasta donde está el combustible almacenado, sino que los hidrocarburos atrapados en las rocas se extraen a una profundidad mayor. El procedimiento es la fractura hidráulica, con agua a altísima presión. Eso es lo que se llama “fracking”.

Vaca Muerta está dentro de la Cuenca Neuquina, que ocupa gran parte de la provincia de Neuquén y zonas de La Pampa, Mendoza y Río Negro. Unos treinta mil kilómetros cuadrados, el equivalente a la superficie de la provincia de Misiones, que mide 29.801 kilómetros cuadrados. O, como publicó el periódico español Expansión en febrero de 2012, en la época de Repsol: “equivalente a Galicia, que mide 29.574 kilómetros cuadrados”. De ese total, se están explotando solo 600 kilómetros cuadrados.

En Vaca Muerta, hoy en día, se desarrollan más de treinta proyectos de explotación, a través de diversas compañías nacionales y extranjeras, en una trama compleja en la que unas y otras a veces están relacionadas. Se puede mencionar a YPF, Pan American Energy, LLC PAE, Tecpetrol Techint, Vista Oil Energy, Transportadora de Gas del Sur, Pluspetrol, Pampa Energía, Gas y Petróleo de Neuquén, Exxon (Estados Unidos), Qatar Petroleum (Qatar), Shell (Inglaterra-Holanda), Total (Francia), Wintershall (Alemania), Gazprom (Rusia), Mercuria (Suiza), CNOOC (China) y Petronas (Federación de Malasia), entre otras.

El 23% de las reservas de Vaca Muerta es de petróleo. Y el 77% es de gas: nos dicen que podría abastecer el consumo del país por 400 (¡cuatrocientos!) años.

¿Será así? Las predicciones pueden ser imprecisas. Pero a veces también los datos del pasado carecen de firmeza. Una prueba es la biografía de Dolores Candelaria Mora de la Vega, que tiene algunos puntos dudosos. Nació el 22 de abril de 1867 en la finca El Dátil, a tres kilómetros de El Tala, departamento La Candelaria, en la provincia de Salta. Pero fue bautizada cuando ya tenía dos meses, el 22 de junio de 1867, en la iglesia de San Joaquín, localidad de Trancas, en Tucumán. El sacerdote oficiante se llamaba José Torres, quien tomó el recaudo de asentar que la criatura tenía dos meses de edad, pero omitió señalar el lugar de nacimiento.

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Unos y otros pugnan por el privilegio de asumirla como comprovinciana. Los historiadores salteños aseguran que en esa época no había parroquia en El Tala y por eso la ceremonia debió hacerse en la provincia vecina. Otros opinan que los límites fueron modificados en años posteriores. Y lo más curioso es que el Congreso de la Nación Argentina ha instituido el 17 de noviembre como Día Nacional del Escultor en homenaje a Lola Mora porque otra versión asegura que ese y no otro fue el día de su nacimiento.

También su nombre tuvo varias modificaciones. En una época lo redujo a Dolores Mora, más adelante le agregó su apellido de casada: Dolores Mora de Hernández. Así siguió firmando hasta mucho después de su breve matrimonio. Pero en sus últimos años contrajo su sobrenombre y su apellido original en una sola palabra. Y su rúbrica fue Lolamora. Así, todo junto y con la primera ele mayúscula: Lolamora.

En definitiva, Lola nació en 1867. Ese año, el sueco Alfred Nobel inventó la dinamita. Y Carlos Marx publicó El Capital. Hechos que habrían de tener enorme trascendencia, aunque para la vida de los argentinos un pequeño episodio alcanzaría gigantescas consecuencias: en el campo del Buenos Aires Cricket Club, en San Fernando, se jugó el primer partido de fútbol disputado en el país.

A los 18 años Lola sufrió un doble impacto terrible. Su papá, Romualdo, murió de neumonía. Y a los dos días su mamá, Regina, falleció de un paro cardíaco. Lola quedó huérfana, bajo la tutela del marido de su hermana Paula, el ingeniero Guillermo Rücker, quien estimuló la naciente vocación de la joven por la pintura.

Un artista italiano, Santiago Falcucci, recién llegado a Tucumán, la tomó como alumna. La pacata sociedad provinciana imaginó un romance entre el maestro y la bella muchacha de ojos negros. Pero ella tenía un talento desbordante. En 1984, Falcucci organizó una exposición colectiva en la que incluyó un cuadro de Lola, pese a la resistencia del público, que no admitía que una mujer formara parte de una muestra de pintores varones.

Lola siguió adelante. En 1888 expuso retratos a carbonilla de 25 gobernadores de la provincia. El gobierno tucumano se los compró en cinco mil pesos. Ella tenía 28 años y muchos sueños. Falcucci le hizo ver que el ambiente tucumano ya le quedaba chico. Lola consultó con Rücker y vendió unas tierras que le correspondían como herencia. Y junto con su hermano Alejandro se radicó en Buenos Aires en 1895.

Ese año, en París, los hermanos Lumière realizan las primeras exhibiciones de un invento asombroso: el cinematógrafo. En Buenos Aires, conmemorando su fiesta nacional, los italianos residentes en la capital y los alrededores hicieron una concentración multitudinaria: 20 mil personas. Nunca antes se habían reunido tantos extranjeros. La población del país era de 3.956.060 habitantes y la capital federal tenía 677.786.

Mucha menos gente vive en Añelo, la localidad ubicada en el corazón de Vaca Muerta, a 100 kilómetros de la capital neuquina. En 2013 tenía 2500 habitantes, aunque hoy ya pasan los 8 mil. El potencial del yacimiento entusiasma a los más optimistas, que calculan un crecimiento meteórico: 35 mil personas para 2034. Es que los lugareños están parados encima de un tesoro inmenso. Con el potencial de Vaca Muerta, Argentina desplazó a Estados Unidos como segundo reservorio de shale gas en el mundo, detrás de China. Y está cuarto en el ranking del shale oil: el líder es Estados Unidos, con 78.200 millones de barriles. Segunda está Rusia, con 74.500 millones de barriles. Luego aparece China, con 32 mil millones de barriles. Argentina, gracias a Vaca Muerta, tiene una reserva de 16.220 millones de barriles.

¿Y qué es shale? Quiere decir ‘esquisto’, o sea ‘roca metamórfica de estructura laminar, que resulta de la transformación de la arcilla sometida a grandes presiones’. Por eso se habla del gas shale o del petróleo shale, uno y otro obtenidos del esquisto, de la roca. Y el “esquisto bituminoso” es ‘el esquisto que contiene hidrocarburos (compuestos químicos formados por carbono e hidrógeno) en forma sólida’. Eso era lo que buscaba Lola Mora. Y figura en el expediente número 8, letra H, del año 1924, del Departamento de Minas de la provincia de Jujuy como “descubridora del mineral de primera categoría denominado Esquistos Bituminosos”.

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¿Y cómo llegó Lola Mora a Jujuy en 1924? ¿Qué había hecho desde su llegada a Buenos Aires, en 1895?

En 1896, Lola Mora consiguió una beca para perfeccionarse en Italia durante dos años. Dardo Rocha, quien fuera gobernador de la provincia de Buenos Aires y fundador de La Plata, le dio una carta de recomendación para el pintor Francisco Michetti. Lola llegó a Roma y fue al estudio del maestro, pero este la rechazó: “Yo no tengo alumnas”, le dijo secamente. Ella le contestó: “¡Entonces rompo esta carta en mil pedazos y me vuelvo a mi país!”. Michetti se asombró ante el temperamento de esa joven mujer y la aceptó.

Era 1897. Ese año, en Buenos Aires, se batieron a duelo Hipólito Yrigoyen y Lisando De la Torre. El combate fue a sable con punta y De la Torre quedó herido en la cara. Desde entonces usará barba. Años más tarde, su destino habría de cruzarse con el de Lola Mora.

Con 30 años de edad, Lola empezó una carrera relampagueante en Italia. Descubrió su vocación por la escultura y empezó a estudiar con Constantino Barbella. Al vencer la beca del gobierno argentino, en septiembre de 1899, Lola recibió una carta manuscrita del presidente Julio A. Roca dirigida al embajador argentino, para que se prolongase la subvención. En una exposición colectiva, una obra suya impresionó al famoso escultor Giulio Monteverde, quien desde ese momento pasó a ser su gran maestro. A su lado, Lola aprenderá todos los secretos de la escultura. Ya no pintará más.

En 1899 ganó la medalla de oro en una exposición de esculturas en París. Y su nombre se comenzó a conocer en el distinguido mundo de la alta sociedad italiana. Todos querían una obra de esa muchacha argentina, febril y apasionada. Se multiplican los encargos, hace obras para los grandes personajes, gana mucho dinero. Y en 1900 construye su propia casa, que ella misma diseñó hasta en los más mínimos detalles. Es un “villino”, un palacete, que levanta en el barrio Ludovisi, en Via Dogali número 3, esquina Vía Sicilia. Allí Lola tenía su estudio, en el que creaba sus esculturas, moldeando el durísimo mármol de Carrara trepada a las escaleras y vestida con bombachas de campo, un chaleco ajustado y una boina que apenas retenía su ensortijado cabello negro.

En realidad, quien mejor la describió fue Edmundo De Amicis, que en esa época era corresponsal del diario La Prensa: “Hay que verla en el taller, sin adornos y ningún rebuscamiento de elegancia, con la gran gorra de bañista debajo de la cual se escapa una tupida cabellera negra y desordenada, y brillan dos ojos negros, que penetran en el alma como dos puntas de aguijón”.

Talentosa, independiente, rica, Lola Mora había triunfado en Europa. Era el momento de hacerlo en Argentina. El ministro de Obras Públicas le encargó dos bajorrelieves para ornamentar la casa histórica de Tucumán. Lola viajó a Buenos Aires y aprovechó el viaje para ofrecerle al intendente Adolfo Bullrich una fuente para la Plaza de Mayo, por la que no cobraría honorarios, y solo habría que pagarle los materiales y el traslado. Bullrich aceptó. En ese momento nacía el proyecto de La Fuente de las Nereidas, la obra cumbre de Lola Mora.

De a poco, las familias adineradas le encargaron diversos trabajos, desde adornos para sus residencias porteñas hasta ornamentos para los panteones del Cementerio de la Recoleta.

Ya de regreso en Vía Dogali el trabajo es incesante: el monumento a Alberdi, las estatuas para el Congreso de la Nación, el monumento a la Bandera, el monumento a Avellaneda, el monumento a Aristóbulo del Valle… Y la fuente para la Plaza de Mayo.

En 1901 Lola llegó a Buenos Aires con la maqueta de la Fuente de las Nereidas, con desnudos masculinos y femeninos que provocaron ataques y denuncias. El escándalo creció, porque un sector de la sociedad de la época no aceptaba que esas imágenes estuvieran “a veinte metros de la Catedral”.

De todos modos, y aún en medio de interpelaciones y objeciones, Bullrich autorizó la obra. Pero se descartó el emplazamiento en la Plaza de Mayo. Se pensó en Mataderos y también en Parque Patricios. Pero finalmente el lugar elegido fue el Paseo de Julio (hoy Leandro N. Alem), en el cruce con Cangallo (hoy Perón).

El 21 de mayo de 1903, con la presencia de Joaquín V. González, que era el ministro del Interior (el presidente Roca evitó asistir, quizás para atenuar las maledicencias que lo vinculaban sentimentalmente con la artista), se inauguró la creación suprema de Lola Mora. Era el momento de máxima gloria para ella.

Pero Lola no imaginaba que a partir de entonces para ella todo iba a ser adversidad y dolor. Mucho menos podía suponer que en esos meses el flamante ministro de Agricultura, Wenceslao Escalante, iba a crear la división Minas, Geología e Hidrología, a cargo del ingeniero Enrique Hermitte. Ese hecho, que habría de vincularse a su propia vida, era el prólogo de la historia del petróleo en la Argentina.

Una historia que hoy tiene un protagonista estelar: el shale. Para aprovecharlo se aplica el fracking o fractura hidráulica, el procedimiento que permite obtener combustible de las formaciones sedimentarias que contienen gas y petróleo. La producción no convencional requiere entre 10 y 15 millones de litros de agua por pozo. Justamente, este enorme insumo es una de las objeciones que interponen los grupos ambientalistas. Otra discusión gira en torno de la posibilidad de que las perforaciones afecten los acuíferos, circunstancia que es desechada por la industria petrolera, que asegura que las napas de agua están mucho más cerca de la superficie y que son eludidas por la búsqueda de combustibles. La polémica sigue abierta.

Aunque menos relevante, también hay discusión sobre el origen del nombre de Vaca Muerta. Entre 1919 y 1926 dos geólogos fueron contratados por la Standard Oil (luego llamada Chevron) para hacer tareas de exploración en posibles yacimientos petrolíferos en la Patagonia. Uno de ellos fue el norteamericano Charles Edwin Weawer y el otro el profesor Pablo Groeber, un geólogo alemán radicado en la Argentina, que escribió el libro Líneas fundamentales de la geología del Neuquén, sur de Mendoza y regiones adyacentes. Se afirma que ellos fueron quienes descubrieron y bautizaron Vaca Muerta. Como suele suceder, hay otras versiones con respecto al origen de la curiosa denominación, y van desde la imagen que presenta la zona desde el aire hasta una sequía que provocó una enorme mortandad de ganado bovino, pasando por la presunción de que se trata de un vocablo de los nativos pehuenches.

Fue otra expresión telúrica la que le provocó un dolor de cabeza a Lola Mora. En 1904 se convocó a un concurso para erigir un monumento al zar Alejandro I de Rusia. Lola participó y lo hizo con el seudónimo de Tupac Amaru. Se armó un escándalo enorme, porque las autoridades rusas pensaron que era una provocación. Rusia estaba en guerra con Japón y creyeron que se trataba de una artista japonesa, que desafiaba al gobierno zarista. Intercedió el embajador argentino en Italia, Enrique Moreno, y todo se aclaró. Finalmente, el boceto de Lola Mora resultó vencedor.

Pero había que cumplir con una exigencia: para realizar la obra en San Petersburgo la artista debía adoptar la ciudadanía rusa. Lola no aceptó esa condición y rechazó el premio.

Mientras tanto, seguía trabajando en el villino de Vía Dogali. Debía entregar las esculturas para el Congreso de la Nación, que iba a ser inaugurado el 12 de mayo de 1906. Eran dos grupos escultóricos. Uno de ellos lo integraban La Libertad, Los Leones y El Comercio, también llamado El Progreso. Y el otro estaba compuesto por La Paz, El Trabajo y La Justicia.

Cuando transcurría 1906 ocurrió algo extraordinario, ratificando el enorme prestigio que Lola Mora tenía en la sociedad italiana de su tiempo. Fue cuando se produjo la visita de la reina madre Margherita y su hija, la reina Elena, al estudio de la artista. Los medios italianos titularon “Visita della regina madre e della regina Elena alla scultrice Lola Mora”. El Palazzo Margherita, residencia de las monarcas, estaba muy cerca de la casa de Lola, y la visita real tuvo un punto culminante cuando Lola presentó las alegorías que estaba preparando para el Congreso, especialmente El Comercio, que fue muy elogiada.

El hecho alcanzó un significado singular en las páginas de La Tribuna Illustrata del 18 de marzo de 1906: “Fu questo un duplice segno di stima al valore artistico di una gentile figlia delle Pampas, ed un omaggio al legami di sangue, di simpatía e d´interessi che legano l´Italia alla lontana tera di oltre mare, dove tanti italiani trovano una seconda patria” (‘Este fue un doble signo de respeto al valor artístico de una gentil hija de las Pampas, y un homenaje a los lazos de sangre, de simpatía y de interés que unen Italia con la lejana tierra de otros mares, donde tantos italianos encontraron una segunda patria’).

Pero en Argentina había mal ambiente para Lola Mora. Empezaba un cambio político que la iba a perjudicar. De todos modos, volvió a Buenos Aires y se instaló en una sala del Congreso, aún en construcción, para terminar de esculpir las obras que iban a ser emplazadas en el frente, sobre dos pedestales, en la avenida Entre Ríos. Había pedido y conseguido un piano, que instaló en ese taller improvisado en el que vivía. Por las noches, la gente que pasaba por la calle Rivadavia la escuchaba tocar y cantar. En ese ambiente de arte, ensoñación y libertad conoció a Luis Hernández, hijo de un exgobernador de Entre Ríos y sobrino nieto del autor del Martín Fierro. Lola ya pasaba los 40 años y Luis aún no había cumplido 20. Él era empleado del Congreso y lo que inicialmente fueron unas tímidas visitas se transformó en un romance volcánico, que constituyó el tema obligado de las habladurías del mundillo político.

Se casaron, pese a la oposición de la familia de Luis. En el Registro Civil, Lola se quitó 11 años y figuró con 32. Viajaron a Roma y se instalaron en la casona de Vía Dogali. Pero el matrimonio duró poco. El joven Hernández no compartía las metas de Lola, siempre aguerrida, impaciente, emprendedora. Y además, tuvo un romance con una empleada de la propia mansión. Lola lo descubrió. Una versión dice que lo echó. Hay otra, en cambio, que señala que ella le dejó la casa y se fue.

Pero, al mismo tiempo, en Argentina, se derrumbaba su prestigio como escultora. Se constituyó una comisión parlamentaria presidida por el senador Lisandro de la Torre, junto a Alfredo Palacios y los diputados Délfor del Valle y González Iramain. Había nuevos aires políticos en Argentina y el radicalismo y el socialismo pisaban fuerte. Lola fue acusada de “amiga del régimen”, por haber recibido el encargo de obras de parte de los antiguos funcionarios. Se la acusó de beneficiarse económicamente con sobreprecios, lo que nunca pudo ser comprobado. Al contrario, muchas de sus obras no las cobró jamás.

Al mismo tiempo se la descalificó con expresiones durísimas. El doctor Luis Agote, diputado nacional por Buenos Aires, en la sesión del 14 de mayo de 1912 pidió que retiraran las esculturas del Congreso, a las que calificó como “un adefesio, horribles, de mal gusto”. El ministro de Obras Públicas calificó las obras como “esos mamarrachos” “que encuentro tan malas como los señores diputados, pero ese inconveniente proviene de que se han encargado a artistas que no estaban a la altura de los trabajos que se les habían encomendado”.

En 1915 se ordena retirar las obras del Congreso. El 21 de abril se desarman y las mandan a un depósito. Las acompañó durante mucho tiempo un destino de embalaje, traslado, descarga, flete y vandalización. Así se concretó un increíble contrasentido histórico, y los representantes de la renovación política del país fueron los verdugos de una mujer que encarnó los más altos ideales de la independencia femenina.

Pero faltaba algo más, que fue el final de la carrera de Lola Mora como escultora. Se puso en duda que fuese la autora de La Fuente de las Nereidas y se aseguró que en realidad el trabajo había sido hecho por sus ayudantes italianos. Y se insistió en su presunta inmoralidad, ante la desnudez de las imágenes. Impugnaciones divergentes y hasta contradictorias entre sí, pero inspiradas por los mismos prejuicios moralistas y rencores políticos.

Finalmente, en 1918, la Fuente de las Nereidas se trasladó a la Costanera Sur, que en esa época era casi un paraje desolado. Lola realizó un último esfuerzo físico y económico: se encargó personalmente del desarme y de la reinstalación de su obra. Y corrió con todos los gastos.

Luego, prácticamente desapareció. No se supo más de ella. Hasta que un poeta y un periodista, muchos años después, la descubrieron. El poeta fue Rafael Arrieta, el mismo que vivió en el pasaje Florencio Balcarce, en el barrio de Caballito.

Arrieta contó lo siguiente, en su libro Lejano ayer: “Una noche de julio de 1927 llegamos a la ciudad de Salta varios profesores de las universidades de Buenos Aires y La Plata”. “Apenas instalados en el Plaza Hotel y mientras departíamos algunos compañeros en su vestíbulo, entró una señora menudita y dirigiéndose a nuestro grupo pronunció mi nombre en voz alta y tono interrogativo. Me adelanté, y ella, tendiéndome sus manos, me dijo, sonriente: ‘Acabo de ver su nombre en el libro de viajeros del hotel… Yo soy Lola Mora'”. Y enseguida reproduce lo que le dijo Lola: “‘¿Sabía usted que he dejado el arte? Pero no la Naturaleza… Asómbrese: me ocupo del petróleo, aquí, en las montañas de Salta… No me tome por una vieja chiflada. He estudiado el asunto seriamente. Trabajo mucho, con esperanza y alegría, a pesar de la indiferencia criminal de nuestros gobiernos para la exploración de las riquezas del suelo. He perfeccionado un procedimiento para extraer y elaborar aceites lubricantes de los esquistos bituminosos… El aparato que yo he inventado consiste en… Pero espérese un momentito’. Y se alejó rápidamente, para volver en seguida agitando en alto un folleto de cubiertas color ladrillo. Se aproximó a una mesa, escribió la dedicatoria y me entregó el opúsculo, titulado Combustibles – Un problema resuelto“.

“Hágame el favor de leerlo. No todo ha de ser poesía. Aunque usted no sospecha la poesía que yo hallo en todo esto. Siento en mi laboratorio, entre mis aceites minerales, la misma emoción que sentía en mi taller de escultora”.

El pequeño libro Combustibles – Un problema resuelto, que ella firmó Lolamora Hernández, conservando el apellido de su viejo amor, es de 1926. Lola lo escribió cuando tenía 60 años.

Ahora, cuando en Argentina se anuncia la posibilidad de recuperar el autoabastecimiento energético y obtener un saldo exportable de combustibles gracias a Vaca Muerta, releamos lo que anticipó esta mujer impar en 1926: “Hasta el último escolar sabe que nuestras montañas están repletas de minerales, que en el subsuelo de la república toda entera se hallan entrelazados los yacimientos de combustibles y que con estas riquezas no solo podemos cubrir nuestras necesidades sino alimentar las industrias del orbe”.

Esta es la parte de la historia que se pudo descubrir gracias al poeta Rafael Arrieta.

Por su parte, el notable periodista Juan José de Soiza Reilly dijo en una nota que publicó en Caras y Caretas, en 1929: “La semana anterior estuve, por capricho, en la ciudad de Salta”… “Fui en una delegación artística con Pío Collivadino, con Juan Hohmann, con Fernán Félix de Amador, con Pelele y con Martínez Vázquez. Fuimos a inaugurar el Museo de Bellas Artes. Al llegar al Plaza Hotel dos brazos se me tienden:

—¡Lola Mora!

—¿Qué le ha pasado, Lola?

—¡Nada! —y sonríe.

¡Nada! Con los últimos miles de pesos que tenía Lola Mora se fue a las montañas. Hija de las montañas, siente por ellas devoción mística.

—En las montañas está el porvenir de la Nación…

Se fue a las montañas para extraer petróleo de las piedras. ¿Utopía? ¡Ah, no! Estas montañas de Salta están llenas de riquezas futuras. Lola Mora, con sus cuadrillas de peones, vivió muchos años en las cumbres, durmiendo al aire libre, gastando con heroísmo y patriotismo sus caudales, con una fe en sí misma tan hermosa que no parecía fe de nuestro tiempo.

(Wikipedia)
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Cuando ya estaba a punto de sacarle provecho a las piedras, el capital se le agotó. Recurrió al crédito. Los obreros, como los compañeros de Cortés o de Pizarro, quisieron regresar. Fue inútil que Lola insistiera. La dejaron solita, en su carpa de Robinson, sin más compañía que un perro y la piedra salvaje. No se amilanó. Ella sola continuó peleando, hasta que…

Hace tres años un coche se detuvo frente al Plaza Hotel de la ciudad de Salta. En el vehículo venía una señora enferma. Fue menester alzarla en brazos. El dueño del hotel hizo llamar a un médico. La enferma, extenuada por largas fatigas, llena de polvo, triste, sonreía con gratitud.

—¿Qué tiene?

El médico no se animaba a emitir su diagnóstico.

Tornó a examinarla.

—¿Qué tiene?

—¡Hambre!”.

Líneas después, Soiza Reilly decía: “¡Ah! Si le pagaran la plata que le deben… Cuando sus admiradores la vieron caída, dejaron de pagarle las cuotas de muchos monumentos. En la Recoleta…

¡Silencio!…

Me callo. Lola me ha escrito:

—No cuente usted nada. No escriba usted nada. Van a creer que me quejo. Nunca me he quejado, ni me doblé jamás”.

Tengo a la vista una carta que Lola Mora le escribió al ministro de Hacienda, Agricultura, Industria y Obras Públicas de Jujuy: “Expongo que como descubridora en esta provincia del mineral de primera categoría, denominado ‘Esquisto bituminoso y carbonífero’, y contando con los elementos para establecer los trabajos de exploración e iniciar formal explotación dentro del corriente año, exigiendo así dicho material el cual por encontrarse aún en la superficie, es de fácil estudio y rápida industrialización, para lo que entrega una muestra como simple ilustración de su formación característica, y como poseedora del único aparato patentado capaz de responder a la importancia de esta nueva industria. En tales excepciones vengo a solicitar amparada del derecho de propiedad, que se me conceda para dicho objeto una extensión de solamente una unidad la cuarta parte de cuando acuerda el artículo 23 del Código de Minería, a fin de demarcar las pertenencias que forman la mina, a la que denomino con el nombre de Beatriz. Ubicaré mi pedimento de acuerdo al croquis que acompaño”. Efectivamente, hay un dibujo con el plano correspondiente.

El libro Combustibles – Un problema resuelto, escrito por Lola Mora y publicado en 1926, sintetiza las ideas precursoras de una iluminada.

Hay más documentos, precisos y emocionantes. El geólogo salteño Ricardo Alonso ha estudiado mucho el tema. Y nos cuenta que en 1931, cuando ya tenía 65 años, Lola insistió y se puso a buscar oro, cobre y azufre. En sus artículos y conferencias, Alonso destaca que Lola Mora rompió con el viejo mito de que las mujeres no podían entrar a las minas. Y subraya: “También en esto Lola fue una pionera”.

En 1933 Lola Mora trabajó en Salta dando clases de italiano, en el mismo Plaza Hotel, gracias a la generosidad del dueño, llamado Francisco Bun. Junta dinero para el pasaje en tren y regresa a Buenos Aires en 1934. Su salud ya estaba quebrada. Se instaló en la casa de sus hermanas y sus sobrinas, en la avenida Santa Fe 3036.

Al año siguiente, el Congreso aprobó una pensión de 300 pesos para ella. Fue en esa misma sesión, un rato después, que Enzo Bordabehere cayó muerto, alcanzado por los balazos que Ramón Valdez Cora había disparado contra Lisandro de la Torre, aquel senador que había encabezado la comisión parlamentaria que la persiguió.

Lolamora murió el 6 de junio de 1936. A la mañana siguiente el diario La Nación tituló: “Vencida, pobre, sola”.

Hoy, en Santa Fe y Austria, frente a la casa en la que pasó sus últimos meses, hay un negocio de ropa para mujer. Increíblemente, se llama Lola Mora. Su dueño ignoraba que a metros de allí había vivido la gran escultora argentina. Y dice que eligió ese nombre para su local de casualidad.

No es la única coincidencia. En Buenos Aires se estableció una compañía canadiense especializada en shale, o sea, la obtención de combustibles a partir de los esquistos bituminosos. La empresa se llama Madalena Energy Inc. y tiene oficinas en Puerto Madero. ¿En qué calle? En la calle Lola Mora.

Esta mujer que fue pionera en todo y que se adelantó a su tiempo hoy tendría interés en conocer a Tony Seba. Se trata de un empresario de Silicon Valley que asegura que en 20 años el mundo ya no usará petróleo ni gas ni carbón y que la energía solar se impondrá definitivamente. Pero esa será otra historia.

Fuente: https://www.infobae.com/opinion/2018/11/08/hace-85-anos-la-escultora-lola-mora-se-anticipo-a-vaca-muerta/

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